
Las manos niñas de los murales
CulturaLas manos niñas de los murales"En dos o tres ocasiones pidió que nos descalzásemos 'como Mowgli en 'El libro de la selva'", recuerda el poeta y periodista Antonio Lucas, hijo del autor del conjunto artístico de...
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Estas son las últimas noticias de todo el mundo: CulturaLas manos niñas de los murales"En dos o tres ocasiones pidió que nos descalzásemos 'como Mowgli en 'El libro de la selva'", recuerda el poeta y periodista Antonio Lucas, hijo del autor del conjunto artístico de la estación de ChamartínEl pintor José Lucas, ejecutando una de sus piezas a finales de los años 80. Facebook X - Twitter WhatsApp Telegram LinkedIn Copiar enlace Enviar por email ComentarAntonio LucasSEGUIR AUTORActualizado Martes, 9 junio 2026 - 00:04Entre 1987 y 1988 viajamos con cierta frecuencia a un pueblo de la comarca de la Plana Baja de Castellón próximo al Mediterráneo: Villarreal, a 13 kilómetros de donde nació Manuel Vicent. Aprovechábamos los fines de semana para la excursión.
Salíamos de Madrid en tren, con la excitación infantil que avivan las estaciones, y llegábamos horas después a un espacio formidable, una fábrica familiar de cerámica donde todo parecía preparado para una fiesta desconcertante. El paisaje era este: una pista de azulejos blanquísimos resueltos en el suelo en formación precisa, los botes de pintura, las brochas gordas, el zumbido de las máquinas, las alarmas de los hornos de cocción, las torres de palés, el agua, el barro, no sé qué rumor de alegría alrededor. Mi padre trabajaba en los murales previstos para la Estación de Chamartín.
Los detalles
Él tenía 44 años; María, siete; yo, nueve. Pintaba de pie, concentradísimo, ajeno a la zumba constante, a nuestras risas y carreras, a la radio desaforada que también sonaba a todas horas. Pintaba deteniéndose en lo hecho.
De nuevo se acercaba. Subía a un andamio situado cerca de cada mural para estudiar la pieza desde arriba. Pintaba rodeado de gente sin atender a nada que no fuese el Moby Dick tumbado de la cerámica.
Los domingos había paella en el jolgorio del patio de la fábrica de Villarreal. En dos o tres ocasiones pidió que nos descalzásemos, «como Mowgli en El libro de la selva», así lo decía, «como Mowgli». «Hundid las manos en ese bote de pintura y después las ponéis aquí, donde está mi zapato.
Qué dicen los expertos
Tú en éste y tú en ese otro». Los destartalados zapatos de trabajar eran la marca. Dejábamos caer despacio las manos untadas en el sitio elegido y hacíamos el «Mowgli» sin movernos, abalanzados.
La diversión era tremenda. Mancharnos las manos. La pintura duraba en la piel...
Qué más podía alegrarnos. Al año, los viajes acabaron. Ultimados los murales y dispuestos en su primera ubicación en Chamartín -los huecos de escalera de subida y bajada a los andenes- no regresamos a Villarreal.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





