
Democracia en riesgo: la urgencia de un dique cívico
TRIBUNAiArtículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas...
Una noticia relevante se está gestando en la escena internacional. TRIBUNAiArtículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordadoDemocracia en riesgo: la urgencia de un dique cívicoEs el momento de la responsabilidad, de reconocer que hasta aquí hemos llegado e ir a elecciones enrique flores Iñigo Urkullu Renteria27 may 2026 - 05:30CEST Compartir en Whatsapp Compartir en Facebook Compartir en Twitter Desplegar Redes Sociales Ir a los comentariosAñadir EL PAÍS en GoogleCompartir: Whatsapp Facebook Twitter Bluesky Linkedin Copiar enlaceHay momentos en la historia en los que las sociedades se miran al espejo y no terminan de reconocerse.
Europa —ese espacio político y moral que durante décadas ha sido referencia de democracia, progreso y convivencia— atraviesa uno de ellos. Y no es solo una cuestión institucional o económica: es, sobre todo, una inquietud cívica, casi íntima, sobre la salud de nuestras democracias. Europa, cuna histórica de la democracia representativa, atraviesa un momento de inquietud profunda.
Los detalles
No se trata únicamente de una crisis coyuntural asociada a ciclos electorales o a tensiones socioeconómicas derivadas de la globalización. Lo que está en juego parece más estructural: la erosión progresiva del sentido mismo de la democracia, de su auctoritas institucional y de las reglas de gobernanza que, durante décadas, han garantizado estabilidad, prosperidad y cohesión social. Esta preocupación no es ajena a lo que sucede en otras latitudes del mundo occidental.
La fragmentación política, el auge de discursos polarizantes y la creciente desafección ciudadana hacia las instituciones dibujan un paisaje en el que los consensos básicos —aquellos que sostienen la convivencia— parecen resquebrajarse. Se debilita así el principio de representación y, con él, la confianza en que las instituciones actúan en beneficio del interés general. Esta reflexión interpela también a nuestras democracias.
La política española no es una excepción a esta dinámica. La legislatura actual se desarrolla en un clima de elevada tensión política, donde el debate público se ha visto progresivamente sustituido por una lógica de confrontación permanente. Un “guerracivilismo dialéctico”, en el que la deslegitimación del adversario sustituye al reconocimiento de su legitimidad democrática, amenaza con convertirse en la nueva normalidad.
Cuando la política se reduce a una disputa identitaria constante, el espacio para la deliberación racional y el acuerdo se estrecha peligrosamente.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





