
El ritual de los pañuelos con su sudor y la promesa del regreso que no cumplió: crónica del último concierto de Elvis Presley
El aire era insuficiente. Los corazones de las 18 mil personas que ocupaban el Market Square Arena de Indianápolis latían tan fuerte que, en busca de calma, intentaban encontrar una bocanada de aire que los ayudara a...
No Meeting by June 30 — Where will Trump and Putin meet after that?
Una noticia relevante se está gestando en la escena internacional. El aire era insuficiente. Los corazones de las 18 mil personas que ocupaban el Market Square Arena de Indianápolis latían tan fuerte que, en busca de calma, intentaban encontrar una bocanada de aire que los ayudara a resistir el tiempo que faltaba para que el rey se presentara ante ellos ocupando su trono: el escenario. Cuando la penumbra por fin se adueñó del estadio, una tormenta irreal encendió la oscuridad como si cayeran relámpagos de flashes sobre las tablas.
Entonces, los acordes imperiosos y galopantes del instrumental Así habló Zaratustra rompieron el espacio, haciendo vibrar el cemento y el pecho de cada espectador. Entre las sombras, emergió él. Elvis Presley, el rey, apareció caminando con una calma capaz de congelar el tiempo.
Los detalles
Llevaba puesto el traje Mexican Sundial, un mono blanco con el sol azteca bordado en relieve, atravesado por hilos de oro, cuentas de espejo y pedrería pesada, que jugaban su propio juego con las luces, transformando su figura en una aparición mística e imponente. La distancia entre el mito y la realidad se acortaba al borde de las tablas, donde los ojos de Elvis, de un azul profundo e increíblemente intenso, brillaban con un magnetismo felino bajo los reflectores mientras buscaban fijamente las miradas de la multitud que lo adoraba. Pero el verdadero milagro se producía cuando dejaba de lado el cansancio físico y desataba el torrente de su voz.
No había rastro de fatiga humana en ese barítono profundo, aterciopelado y salvaje que envolvía el estadio con una potencia descomunal. Cada inflexión, cada nota sostenida en el aire, era un golpe de pasión que erizaba la piel del Arena y reafirmaba que el rey estaba donde tenía que estar; sin saber que aquella noche del 26 de junio de 1977 cantaría por última vez frente a su público. Al final del concierto, con una caminata algo lenta pero siempre felina, mientras las miradas sobre él eran de contemplación casi divina, comenzó a cantar Can’t Help Falling in Love.
Esa sería su última canción en vivo. Como si lo supiera, inició el ritual de los pañuelos: su asistente personal —a un costado y atento a cada movimiento— le alcanzaba los largos lienzos de seda blanca que Elvis se acomodaba alrededor del cuello; los dejaba impregnarse del sudor de su piel para luego, con una sonrisa de costado, tan suya, entregarlos en las manos de las fanáticas de la primera fila. Ellas, desesperadas, se estiraban más allá de sus brazos para alcanzarlos, para tocarlo y quedarse con un fragmento físico de aquella divinidad que nunca más volverían a ver.
Qué dicen los expertos
El último rugido en el escenarioSobre el final del concierto, Elvis se detuvo para agradecer el cariño de su público y les dijo incluso que habían sido los mejores que había tenido, hiriendo, sin quererlo, la susceptibilidad de los millones que ya lo habían visto sobre un escenario. También dedicó unas palabras a su equipo y a todos los que habían trabajado allí ese día: “A todos los camarógrafos, a los de sonido… no puedo nombrarlos a todos, pero han hecho un trabajo fantástico. Y siempre que quieran que volvamos, solo háganoslo saber y regresaremos.
Era el domingo 26 de junio de 1977 y el Market Square Arena de Indianápolis estaba a punto de convertirse en el último escenario del Rey y en el lugar donde Elvis comenzaría a transformarse definitivamente en leyenda. Las dieciocho mil almas que colmaban el recinto lo habían esperado durante horas, soportando largas filas bajo el denso y sofocante calor del verano del Medio Oeste estadounidense. Al ingresar al estadio, el calor se sumó a la expectativa y a los nervios, que estallaron en un rugido ensordecedor cuando las luces se apagaron por completo y todo quedó a oscuras.
Esa noche, Elvis vestía su icónico traje blanco de las giras de los años setenta, una creación puramente estética de su diseñador de vestuario, Gene Doucette. Los primeros minutos fueron un mar deslumbrante de flashes que convirtieron el arena en una tormenta de estrellas fugaces. Una vez más, el público se rindió ante él incluso antes de que cantara una sola nota.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





