
Esta efervescencia colectiva me lleva a una memoria familiar de 40 años, y todo gracias al bendito fútbol
Era junio de 1986. El frío de Olavarría acompañaba, como cada año a esa altura del calendario. Cursaba tercer año de la secundaria en la Escuela Normal. La selección argentina venía bien en el Mundial y ese domingo 22...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. El frío de Olavarría acompañaba, como cada año a esa altura del calendario. Cursaba tercer año de la secundaria en la Escuela Normal. La selección argentina venía bien en el Mundial y ese domingo 22 de junio la espera se hacía larga: a las 3 de la tarde, Argentina e Inglaterra jugaban en el Estadio Azteca.
Después del almuerzo, el ritual empezó. Me senté en el Renault 12 verde de mi viejo, estacionado al sol en la puerta de casa. Adentro, la voz de Víctor Hugo Morales en Radio Argentina, y las páginas deportivas de Clarín —el diario que comprábamos cada día de ese Mundial sin falta— completaban el cuadro.
Los detalles
El solcito de la pampa bonaerense hacía olvidar el frío. Los tres, mi viejo, mi vieja y yo, vimos aquel partido frente a un televisor en blanco y negro en la cocina de la casa del predio de la Escuela Técnica “Luciano Fortabat”. Gritamos los dos goles por igual —el segundo, con mucha más fuerza, por razones que no necesitan explicación.
Me recuerdo arrodillado frente a la tele sin poder creer lo que había sucedido: a Diego lo amábamos desde que supimos de sus existencia y mucho más cuando nos sacó campeones en el 81 (toda mi familia es de Boca). Cuando el partido terminó y con él el sufrimiento de los últimos minutos, ya caía la tarde. Hacía frío, pero había alegría.
Faltaban dos partidos para ser campeones del mundo. El miércoles siguiente, antes del encuentro con Bélgica, y el domingo 29 de junio, antes de la final con Alemania, repetí cada acción con la precisión que hubiera celebrado Carlos Bilardo: antes del partido, sentado en el auto al sol, escuchando la radio y leyendo el diario. Cuando vi el documental El Partido, 40 años después, hace un par de meses en un cine de Recoleta, todo aquello me vino a la memoria.
Qué dicen los expertos
Este miércoles y durante los días previos de este junio de 2026, también con frío (pero frío porteño, es decir húmedo), esos recuerdos volvieron. Ya no tengo a mis viejos conmigo (y los extraño cada día), pero ahora tengo una hermosa familia. Ya no vivo en Olavarría ni hay un Renault 12 pero en nuestra casa de Villa Urquiza tenemos rituales antes de cada partido, como no.
No los haré públicos por obvias razones que cualquier argentino/a futbolero/a entenderá. Pero están: la comida, la bebida, los lugares frente a la tele. No cambian desde Egipto y no tienen por qué cambiar, obviamente.
Ganamos el partido que siempre queremos ganar. Cuando abracé a mi hijo mayor luego de cada gol (mi hija lo vio con sus amigos, pero antes comió y bebió lo de siempre, por supuesto) y lloramos juntos, como en el viaje de Proust con el gusto la magdalena mojada en una taza de té, todo aquello de hace 40 años volvió a mí. El efecto tiene una categorización psicológica: memoria flash o fotográfica.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.




