
Joyas en el hospital
Me hubiese impactado cualquier día de la semana a cualquier hora del día, pero ver a un operario abrillantando con una enceradora el mármol de la recepción de la Fundación Satrústegui de los Guiones a las nueve de la...
Surgen avances clave en el escenario mundial. Me hubiese impactado cualquier día de la semana a cualquier hora del día, pero ver a un operario abrillantando con una enceradora el mármol de la recepción de la Fundación Satrústegui de los Guiones a las nueve de la mañana de un domingo me impresionó hondamente. No se imaginan la pulcritud y modernidad de los espacios donde se recibe a los pacientes de este centro. No saben qué muebles tan modernos, qué buena iluminación.
No parpadeaba ni un solo neón, no había una pared que amarillease, ninguna recepcionista gruñía, y los bedeles iban tan contentos que parecían bailarines de musical. En el quiosco de la entrada vendían flores nobles, y hasta los snacks de las máquinas expendedoras lucían como delicatessen. Me vi de pronto en un entorno tan elegante que llegué a la sala de espera de Radiología arrepentida de no haberme maquillado.
Los detalles
Cuando llegó mi turno, la mujer que me atendió me dijo severa: “Cuando esté lista deje ahí sus pertenencias. Puede quedarse puestas las joyas, si son de oro”. Sentí una punzada de orgullo.
¿Qué estaba insinuando esa? Salí con el pompis al oreo, pero todas las alhajas de la comunión encima, porque yo nací en un país donde los trabajadores aún se podían comprar casas y regalar quilatillos si la ocasión era un sacramento. Metida en túnel de la máquina de resonancia empecé a sudar de paranoia y pasé los 10 minutos más largos de mi vida: ¿y si mi abuela me había mentido?
¿Y si mi madre se había columpiado? ¡¿Y si no son de oro?! ¡¿Puede explotar esta máquina?!
Qué dicen los expertos
Aún no me explico cómo aguanté el impulso de apretar la pera de emergencia, como tampoco entiendo por qué acabé haciéndome unas pruebas en la privada a una hora indecente en un día sagrado, si yo pedí cita en un centro de especialidades de mi barrio, roñoso, sí, pero construido sobre mi consentimiento y con mis impuestos. Pedí cita en un público y me agendaron vez, sin permiso pero sin coste adicional, en un privado. Quizá alguien quiso darme una muestra de regalo por si algún día me animo a pagar por los pasillos encerados.
Hay una regla de márketing que dice: “Si le dan el servicio gratis es que el producto es usted”.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





