
La ciudad que la selva ocultó durante dos mil años en la Amazonía ecuatoriana
El bosque parece no tener fin. Desde el aire, la Amazonía ecuatoriana es un océano verde que se ondula entre montañas, ríos y nubes bajas. A simple vista no hay ruinas, ni murallas, ni templos que delaten que allí,...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. El bosque parece no tener fin. Desde el aire, la Amazonía ecuatoriana es un océano verde que se ondula entre montañas, ríos y nubes bajas. A simple vista no hay ruinas, ni murallas, ni templos que delaten que allí, donde hoy solo se escucha el zumbido de los insectos y el canto de las aves, alguna vez vivieron miles de personas.
La selva hizo lo que mejor sabe hacer: cubrirlo todo. Durante cerca de dos milenios, el valle del río Upano permaneció guardando una historia que nadie podía ver. Bajo raíces centenarias y árboles que crecieron generación tras generación descansaba una de las mayores redes urbanas precolombinas descubiertas en la Amazonía.
Los detalles
No estaba construida con piedra, como las ciudades mayas o incas, sino con tierra cuidadosamente moldeada por manos humanas. Sus calles, plazas y plataformas habían desaparecido del paisaje, absorbidas por una vegetación que convirtió la memoria de aquella civilización en una superficie aparentemente intacta. Solo la tecnología del siglo XXI consiguió atravesar ese manto verde.
Cuando un avión sobrevoló la región equipado con un sistema LiDAR, una tecnología que utiliza millones de pulsos láser para reconstruir el relieve del terreno bajo la vegetación; apareció un mapa imposible. Donde los satélites solo mostraban bosque, comenzaron a dibujarse líneas perfectamente rectas, plataformas geométricas y caminos que unían asentamientos separados por kilómetros. La imagen reveló algo que ningún explorador habría podido advertir caminando entre los árboles: aquella no era una colección aislada de aldeas, sino un paisaje urbano planificado siglos antes de la llegada de los europeos.
El hallazgo, liderado por el arqueólogo francés Stéphen Rostain y publicado en la revista Science, cambió una de las ideas más arraigadas sobre la historia de la Amazonía. Durante décadas predominó la creencia de que la selva había sido incapaz de sostener grandes poblaciones permanentes. La escasa fertilidad de los suelos, las lluvias constantes y la densidad del bosque parecían incompatibles con el surgimiento de ciudades.
Qué dicen los expertos
El Upano demostró exactamente lo contrario. Una ciudad construida con tierra, agua y cenizaEl escenario donde prosperó esta sociedad parece, a primera vista, una contradicción. El valle del Upano se encuentra en las estribaciones orientales de los Andes ecuatorianos, en la actual provincia de Morona Santiago, bajo la permanente vigilancia del volcán Sangay, uno de los volcanes más activos del planeta.
Durante siglos, las erupciones cubrieron el territorio con cenizas. Lo que para otras poblaciones habría significado únicamente destrucción, allí terminó convirtiéndose en una ventaja. Los depósitos volcánicos enriquecieron los suelos y favorecieron una agricultura capaz de sostener comunidades numerosas.
El riesgo siempre estuvo presente, pero también la fertilidad que permitió transformar el paisaje. Los arqueólogos creen que los primeros asentamientos comenzaron a desarrollarse alrededor del año 500 antes de Cristo. Con el paso de los siglos fueron creciendo hasta conformar una compleja red de centros habitados conectados entre sí.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





