
Libros que sí: un singular recorrido a nado por el invierno berlinés y hojas de té, misterio y desconcierto en Shanghái
A veces pasa: leés un libro que te gusta, leés al toque otro libro que te gusta y de pronto empezás a encontrar que entre ambos hay muchas cosas en común, aunque en un principio nada hacía prever tal asociación. Es una...
July 31 — İsrail x Hizbullah ile kalıcı barış anlaşması...?
Surgen avances clave en el escenario mundial. A veces pasa: leés un libro que te gusta, leés al toque otro libro que te gusta y de pronto empezás a encontrar que entre ambos hay muchas cosas en común, aunque en un principio nada hacía prever tal asociación. Es una especie de revelación que, aunque puede estar relacionada con el entrenamiento lector, nos hace creer que cierta magia se desprende de la lectura. En este caso, de dos lecturas.
De estos libros, que consiguieron arrancarme del apocalipsis cotidiano de vértigo y ansiedad, voy a hablarte hoy. Nadar de díaJuan Vitulli nació en Rosario en 1975 y vive en Indiana, Estados Unidos, hace muchos años. Es profesor universitario, con muchos créditos académicos, y es también escritor.
Los detalles
Publicó el libro de relatos Sur de Yakima (Corregidor) y los de poemas Primavera Indiana (Tren Instantáneo) y De Natando y otras criaturas de la costa (Brumana), donde había versos como “Se dejan los lugares / como se puede: a pie / o a nado”. Recientemente fue consagrado ganador en el concurso de cuento anual de la Fundación El libro, por su libro El surco y el peso. El año pasado Bulk Editores publicó Mis piletas alemanas, un título sugestivo que me atrajo enseguida.
Desde que comenzó a escribir ficción, hace menos de diez años, Vitulli nada todos los días 53 minutos sin parar en la pileta del campus de la Universidad de Notre Dame, en la que investiga y dicta clases del barroco, ahí en el Medio Oeste norteamericano. Llegar hasta la pileta le demanda unos 8 minutos y asegura que nadar le ordena el día y, parece, también le ordena la escritura. Hace algunos años, cuando el Covid todavía era una amenaza, Vitulli pasó unos meses en Berlín, en pleno invierno de la pandemia.
Llegó en diciembre de 2021, no hablaba alemán, sigue sin hablarlo (“decir pileta y que me entiendan, creo que eso es lo que busco cada vez que salgo a nadar en Berlín”) y la dificultad para entender y hacerse entender será uno de los ejes de este libro, por momentos fascinante, cuyo punto de partida es un desafío que se propuso el autor: conocer Berlín, su historia y su cultura, a través de sus piletas públicas. Mis piletas alemanas narra con el barbijo puesto los modestos éxitos y fracasos de la ambiciosa empresa. En cada capítulo, una pileta, la crónica del viaje hasta llegar al punto de la ciudad en el que está ubicada la piscina, la espera hasta entrar, la historia del barrio y de la construcción, las figuras humanas y no humanas con las que el narrador se va encontrando en el camino y en la puerta de entrada, los minutos y los estilos nadados y los obstáculos encontrados en cada peripecia.
Qué dicen los expertos
También hay pequeños retratos de época vinculados a los espacios en los que nada, o encuentros insólitos con el pasado en algún transporte público, esas epifanías que solo se viven durante los viajes. Es un relato en el que no hay grandes hallazgos ni sorpresas y su mayor virtud está justamente ahí: en la destreza y el humor sutil e inteligente con los que narra la rutina que se propuso como viajero del agua, una rutina que se ve alterada por cuestiones mayores como la imposibilidad de comunicarse con los alemanes y otras, menores, como si el QR que habilita su entrada puede leerse correctamente, o el modo en que se las rebusca para robar algunas fotos (que están en el libro), o si se equivocó de día cuando hizo la reserva, o si se pierde camino al vestuario porque no alcanza a entender los letreros, o si los jubilados y jubiladas plenos de tiempo libre que ingresan a la pileta a la misma hora se convierten en un estorbo para su ir y volver nadando a su ritmo por el carril elegido. Algunas veces lo logra.
Se lee en este fragmento del capítulo “Stadtbad Spandau Nord”:“Estoy, por fin, nadando como a mí me gusta. Algo que parecía imposible en Alemania. Siento los músculos de la espalda aliviados, los brazos responden en cada nueva vuelta que doy, estoy, como dicen los deportistas, en la zona, sin nada que me distraiga, maximizando los movimientos del cuerpo para lograr el objetivo que vine a buscar al agua.
Un tiempo personal, un tiempo distinto al que sucede afuera, donde estoy a merced de los trenes y los buses, de los semáforos que me niegan el paso, de todas esas personas subiendo escaleras que me llevan hacia un destino que desconozco. ”Después de leer su libro, le escribí y le pregunté de dónde salió la idea de Mis piletas alemanas. También quise que me hablara de su vínculo como lector con “El nadador”, el maravilloso cuento que John Cheever escribió en 1964 para The New Yorker y que se convirtió en su cuento más célebre.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





