
Pantallas vs. juguetes: cómo cambia el juego en la infancia según Toy Story 5
Siempre me pareció una idea brillante la revolución de los juguetes. A lo largo de la saga de Toy Story, los juguetes se enfrentan a distintas formas del mal: primero, al destructivo Sid Phillips (Toy Story); después, a...
July 31 — İsrail x Hizbullah ile kalıcı barış anlaşması...?
Una noticia relevante se está gestando en la escena internacional. Siempre me pareció una idea brillante la revolución de los juguetes. A lo largo de la saga de Toy Story, los juguetes se enfrentan a distintas formas del mal: primero, al destructivo Sid Phillips (Toy Story); después, a la codicia de Al McWhiggin (Toy Story 2); luego, al autoritarismo del oso Lotso (Toy Story 3); más tarde, a la desesperación de Gabby por ser amada (Toy Story 4); y, finalmente, a un nuevo adversario: la tecnología. Aunque, como en las películas anteriores, este antagonista también tiene sus razones y, de algún modo, siempre termina imponiéndose el bien.
En Toy Story 5 la disputa sigue siendo, como en toda la saga, por el deseo, la atención y el tiempo de la infancia. Más allá de los grandes temas que atraviesan estas películas —no ser elegido, no ser amado, ser reemplazado o rechazado—, Toy Story 5 pone en imágenes una preocupación que me acompaña desde hace muchos años: ¿jugar en una pantalla es jugar? ¿Produce el mismo trabajo psíquico jugar con un muñeco que jugar simbólicamente en una pantalla?
Los detalles
La película es hermosa y emotiva. No intenta responder esa pregunta, aunque romantiza, de alguna forma, el deseo contemporáneo de los niños y niñas. Apenas deja entrever, a través de la disputa entre los juguetes y las pantallas, un cambio de época y de deseo.
En cambio, en las casas, cada vez escucho con mayor frecuencia la misma preocupación de madres y padres: “No sabemos cómo sacarlo de las pantallas“. En la película son los padres quienes le ofrecen la pantalla, preocupados por la angustia de su hija, que siente que no puede hacer amigos. En el consultorio ese temor se repite una y otra vez: 'No quiero que se quede afuera.
Del mundo’, contestan. Ahí empieza una de las tragedias de nuestro tiempo. Muchas veces se entrega una pantalla para evitarles el dolor de la exclusión, de la burla, del rechazo, del ciberacoso, de quedarse solos mientras los demás comparten códigos que ya circulan por otro lado.
Qué dicen los expertos
El problema es que hemos llegado a creer que existe un solo mundo: el que está mediado por las pantallas. Si algo no pasa por ahí, no pasa: afuera hay otro, un poco abandonado, donde vivimos de otra forma. Aunque vivimos desde hace tiempo en un mundo híbrido, uno de esos mundos terminó detentando la supremacía.
Hemos sido capturados por un discurso que presenta la conexión permanente como condición para la existencia. La pantalla ya no aparece solamente como un dispositivo tecnológico, sino como la puerta de entrada al mundo social y, más tarde, al mundo laboral. Por eso, la pantalla no llega sola a las manos de los niños y niñas.
Llega porque los adultos también estamos fascinados y atravesados por ese mismo cambio de época. Muchas veces no se entrega un dispositivo por comodidad, sino por miedo, por adaptación al medio, por pura supervivencia. Ese miedo a que nuestros hijos queden afuera, a que no tengan amigos, a que sean hostigados, a que no formen parte de las conversaciones, de los códigos o de los grupos.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





