
Por qué La Casita de Bad Bunny es en realidad una mentira
Bad BunnyOpinióniTexto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datosPor qué La Casita de Bad Bunny es en realidad una mentiraLa sociedad del espectáculo ha...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. Bad BunnyOpinióniTexto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datosPor qué La Casita de Bad Bunny es en realidad una mentiraLa sociedad del espectáculo ha transformado la historia de un tipo muy específico de vivienda en un decorado literal y metafóricoBad Bunny subido al tejado de La Casita durante su actuación en la Super Bowl el pasado mes de febrero. Todd Rosenberg (Getty Images)Pedro Torrijos03 jun 2026 - 18:24CEST Compartir en Whatsapp Compartir en Facebook Compartir en Twitter Desplegar Redes Sociales Ir a los comentariosAñadir EL PAÍS en GoogleCompartir: Whatsapp Facebook Twitter Bluesky Linkedin Copiar enlaceEstá todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico. La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947.
Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales. Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos.
Los detalles
El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown. Vista aérea de viviendas prefabricadas en Levittown (Nueva York) en 1950.
Hulton Archive (Getty Images)Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo. Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





