
Primera invasión inglesa: entre el abandono del virrey y el truco de Beresford para simular un ejército mucho mayor
Desde el fuerte, los tres cañonazos que retumbaron en la ciudad confirmaban lo inevitable. Los campanarios y azoteas se llenaron de curiosos que dirigían su vista hacia el sur, donde se distinguían las siluetas...
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Estas son las últimas noticias de todo el mundo: Desde el fuerte, los tres cañonazos que retumbaron en la ciudad confirmaban lo inevitable. Los campanarios y azoteas se llenaron de curiosos que dirigían su vista hacia el sur, donde se distinguían las siluetas recortadas de barcos ingleses. Militares, milicianos y curiosos corrieron al fuerte.
En medio de un caos total, nadie ordenaba ni organizaba “a hombres ignorantes de toda disciplina y sin subordinación alguna”, como describió el entonces capitán de milicias Manuel Belgrano en su autobiografía. Todos estaban pendientes de lo que indicasen los más veteranos y buscaban con la mirada a los oficiales superiores para saber qué debían hacer. “Nosotros no somos para esto”, escuchó quejarse Belgrano.
Los detalles
Ese miércoles 25 de junio de 1806, día de San Juan Bautista, la vista frente a la costa de Quilmes era sorprendente: una fragata de 32 cañones, seis corbetas de transporte y dos bergantines ingleses. Por la tarde, bajo una lluvia torrencial, los invasores desembarcaron: 70 oficiales, 72 sargentos, 27 tambores y 1466 soldados. Protegidos por el bergantín Encounter, a una milla de la costa, por la noche ya estaban todos en la playa.
Desde lejos, un grupo de gauchos contemplaban incrédulos la escena. Veían como un grupo de jinetes se acercaban amistosamente a los ingleses, presumiblemente colaboradores enviados por William Porter White, un norteamericano residente en la ciudad. Si bien el virrey Rafael de Sobremonte sabía que barcos ingleses habían llegado el 8 a la Banda Oriental trató de quitarle dramatismo a la situación.
Creyó que mostrándose en el teatro, que estaba en Reconquista y Mitre, en la noche del 24 sería una oportunidad de reflejar confianza y serenidad. Al comienzo del segundo acto, un edecán le acercó un mensaje de Santiago de Liniers, que estaba en Ensenada, en la zona caliente del desembarco. Su esposa Juana le acercó los anteojos.
Qué dicen los expertos
Apenas comenzó a leer, estrujó el papel, se levantó y dejó el teatro. Detrás lo siguió su familia. Fue directo al fuerte.
Ordenó reunir a los soldados y a la milicia y que patrullas recorriesen la costa. Mientras tanto, en ese frenético ir y venir que se veía en la plaza, un cuerpo de 400 hombres del Batallón de Urbanos de Comercio, cuyo jefe era Jaime Alsina y que reunía a vecinos, comerciantes y empleados, partió hacia Barracas. Eran civiles mal armados que no tenían disciplina militar.
De los jinetes del regimiento de milicias de caballería que se acuartelaron y que estaban montados en sus propios caballos, se les repartió espada, pistola y cuatro cartuchos por hombre. De los cuarteles del Retiro se trajeron solo 14 carabinas, las únicas que disponían. Cerca de 300 de ellos fueron hacia los Quilmes.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





