
“Te sigo desde que me escapé para ir a Cemento”
Tenía 13 años y estaba en primer año de un colegio secundario -el Manuel Belgrano, que, por ese entonces, se nombraba Nacional y por el que pasaron Jorge Luis Borges y Marcelo Tinelli- en el que fui de la segunda...
No Meeting by June 30 — Where will Trump and Putin meet after that?
Una noticia relevante se está gestando en la escena internacional. Tenía 13 años y estaba en primer año de un colegio secundario -el Manuel Belgrano, que, por ese entonces, se nombraba Nacional y por el que pasaron Jorge Luis Borges y Marcelo Tinelli- en el que fui de la segunda generación de mujeres. La rectora nos decía que le habíamos arruinado el colegio. La manzana de Eva se representaba en las chicas, tratadas como insectos que habíamos llegado a infectar una cofradía masculina.
Ser feminista fue una reacción defensiva imprescindible para sobrevivir. La señora nunca nos dio la bienvenida, sino los sermones más oscurantistas que recuerdo como magia oscura. Me sentó en su escritorio con banderines de la ESMA (la de las desapariciones y torturas, no la de la ex ESMA para condenar las desapariciones y torturas) y me dijo que era una depravada.
Los detalles
Ir a dar el examen de las diez vueltas al patio para aprobar educación física (mi talón de Aquiles por una anemia genética) en short era un pecado capital y que me iban a entrar enfermedades por abajo y maldiciones por arriba. Las chicas teníamos que usar guardapolvo, una prenda que tuvo una finalidad igualitaria y que mostró la hilacha de la desigualdad, porque las invasoras de la educación como privilegio masculino teníamos que taparnos. Los varones, en cambio, desde la llegada de la democracia, se sacaron la corbata.
Pero nosotras no nos podíamos sacar nada. Hicimos huelga para pedir vestirnos de la misma manera que nuestros compañeros. Nos sacaron, una vez más, el derecho a la clase común y al cuerpo propio.
Cada vez que me preguntan cuándo empecé a ser feminista me pienso en el patio del colegio y con la nota en el cuaderno de comunicaciones que mostraba la sanción por pedir ser iguales, vestir iguales, dejar que la desigualdad nos enseñe a tener culpa o miedo por ser y mostrarnos. No es una historia que leímos en los libros. Es la realidad de nuestra enseñanza, de la educación sexual de la culpa por llegar a lugares que nos estaban vedados y de tener el cuerpo en desarrollo que debía ser ocultado y castigado y, si no queríamos, el castigo era peor.
Qué dicen los expertos
En esa represión explícita sonaban Los Redondos en el recreo. Cuando salíamos nos sentábamos en una plazoleta de la calle Ecuador y Mansilla y nosotras, que nos bautizamos Las Potras, como si entendiéramos que ser yeguas era un castigo y que la manera de relinchar era renombrarnos, nos sentábamos a ver pasar la vida. Si extraño algo de la adolescencia es que el dolor estaba, pero que el remedio era estar juntas, entre amigas y que el futuro era una incógnita que todavía prometía.
Por ese mirador pasaba (no siempre, con el tiempo los mitos crecen) pero sí ha pasado Luca Prodan. Se ponía a conversar e incitaba a varones y mujeres a juntarse. “¿Qué hacen que están los nenes con los nenes y las nenas con las nenas?
”, preguntaba para juntar las ranchadas, mientras en vez de pasar sin ver, paseaba mirando. Su rock es argentino (a pesar de venir de Europa huyendo de la heroína) porque las calles no eran un piso, sino una posibilidad. Él las habitó desde el diálogo con los que hizo suyos.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.




