
Violencia, pecado, estafa, deseo: un recorrido caprichoso por el Museo del Prado de Madrid
Para empezar, una advertencia: si planea esquivar los 15 euros de la entrada e ir al Museo del Louvre en el horario gratuito -de 18 a 20- hay que pensar en llegar al menos una hora antes. Las colas para acercarse a...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. Para empezar, una advertencia: si planea esquivar los 15 euros de la entrada e ir al Museo del Louvre en el horario gratuito -de 18 a 20- hay que pensar en llegar al menos una hora antes. Las colas para acercarse a grandísimas obras del arte mundial son épicas, directamente proporcionales a lo que se va a ver. Pero una vez que -a fuerza de billetera o de paciencia- ese escollo se pasa, adentro esperan 12 siglos de arte, desde el románico hasta ayer nomás, a fines del siglo XIX.
Son muchas de las imágenes de nuestras vidas. Con las que aprendimos la belleza, el miedo, el espanto. No es un lago de serenidad y ternura una visita a un museo de arte: muchas de las cosas más terribles o más tristes de la humanidad han quedado ahí mostradas.
Los detalles
Y tan bien contadas que duele. Visitar un gran museo es, de alguna manera, ver rockstars, imágenes tan famosas y tan repetidas que uno les haría firmar un autógrafo. A simple vista, se sabe cuáles son: frente a ella siempre hay una modesta aglomeración, cuellos que se estiran algún guía con un micrófono (en mi visita, un grupo japonés tenía auriculares y la guía hablaba tan bajito que nadie fuera de su grupo la sentía).
No se puede tomar fotos en El Prado, pero nadie te impide llevar tu cuadernito. Así que entro con el cuadernito. Sé más o menos lo que voy a buscar -conviene MUCHO hacerse de un planito del museo- pero en el camino habrá sorpresas.
Un Cristo en la cocinaAlgo que me llama la atención de este cuadro que veo por casualidad, mientras paso, es que la cocina esté adelante y el Cristo atrás, bien lejos, hay que buscarlo. Digo: leo el título del cuadro y ahí busco dónde está Cristo porque lo que veo es a dos mujeres, un pollo, una perdiz colgada antes de ir a la cacerola, un pescado, ollas, otras aves. Lo que veo es una cocina bastante bien provista y ¿mirando al pintor?
Qué dicen los expertos
a las mujeres que van a cocinar. El autor se llama Joachim Beuckelaer y vivió en Amberes, Bélgica, entre 1535 y 1575, es decir, apenas 40 años. La Marta del título es la hermana de María, la madre de Jesús.
Según la guía del museo, atrás, bien atrás, con Jesús. En la Biblia, Marta se queja de que María le deja todo el trabajo de la casa, pero Jesús no se preocupa por esto y la invita a pensar en lo importante: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”.
La guía habla de tensión entre lo religioso y el bodegón. Y eso es lo que veo apenas entro al Museo: la cocina, su desorden, dos mujeres anónimas, bien visibles y adelante. Como si quisiera contar lo que pasa mientras pasan las grandes historias que conocemos, cómo se sostienen esas vidas.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





