
A 40 años del Argentina-Inglaterra del 86: cambiaron los televisores y las reglas del juego, quedan los recuerdos como puente generacional
Hay un televisor de tubo en un balcón de un departamento en Nápoles. Es el 22 de junio de 1986. En la pantalla las siluetas de camiseta azul brillosa y números plateados de fútbol americano se recortan contra el césped...
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Una noticia relevante se está gestando en la escena internacional. Hay un televisor de tubo en un balcón de un departamento en Nápoles. Es el 22 de junio de 1986. En la pantalla las siluetas de camiseta azul brillosa y números plateados de fútbol americano se recortan contra el césped del Estadio Azteca.
Sentados uno al lado del otro están Fabietto, un pibe de 17 años con la mirada de asombro, ojos saltones y su tío Alfredo, interpretado por Renato Carpentieri. La escena es una perla de la película autobiográfica de Paolo Sorrentino, Fue la mano de Dios. El viejo mira el partido, lo padece y lo vive como si la existencia misma se jugara en esos noventa minutos.
Los detalles
El pibe mira y lo mira. Alfredo, hombre de convicciones extremas que amenazó con quitarse la vida si Diego Maradona no fichaba para el Napoli, encarna el ser napolitano. Mientras siguen el partido, el relator narra en tiempo real: “Maradona tocó la pelota con la mano...
Ahora lo volvemos a ver, puede ser también que haya mano. Aquí está la jugada, aquí está Valdano que parece haberlo desperdiciado todo... Y va con el puño, y va con el puño...
Ese Dios marcó con la mano. Vengó al gran pueblo argentino, vejado por la innoble agresión imperialista en las Malvinas. La intensidad de Alfredo aumenta.
Qué dicen los expertos
—¡Es un genio, un genio! El joven lo mira en silencio y sonríe. —A Inglaterra con un puño.
¡Los humilló, ¿entendés?! La escena termina con la mano del viejo apretando a la del joven. Todo el amor en un gesto.
La película de Sorrentino es una historia autobiográfica en donde se mezcla la tragedia que marcó su vida siendo adolescente tras la muerte accidental de sus padres por una fuga de gas con la llegada de Diego Maradona a Nápoles. 40 años después cambian los televisores, los estadios, las reglas del juego y hasta la manera de mirar un Mundial. Lo que permanece son los recuerdos que se instalan en la biografía colectiva.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





