
Después de los 60, la nueva receta médica puede incluir un coro, un museo o una caminata
Mis hijos le pusieron a la perra que nos regalaron Caipiriña. Es un nombre simpático y sonoro hasta que tenés que llamarla, sobre todo de noche. Una señora mayor como yo a los gritos de “Caipiriña” en un parque oscuro...
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Una noticia relevante se está gestando en la escena internacional. Mis hijos le pusieron a la perra que nos regalaron Caipiriña. Es un nombre simpático y sonoro hasta que tenés que llamarla, sobre todo de noche. Una señora mayor como yo a los gritos de “Caipiriña” en un parque oscuro lleno de muchachos jugando al fútbol o en sus tablas de skate es un chiste demasiado obvio.
Salgo a caminar con Caipi todos los días, dos veces por lo menos. Nunca me automediqué, y lo rechazo, pero es una especie de remedio casero. Mi manera de tomar aire fresco ahora que en invierno la casa está muy cerrada, cansarme un poco para obligarme a dormir más, mirar lejos, lo más lejos que pueda.
Los detalles
Mis ojos necesitan horizonte, cielo, para estar vivos y vitales. Mi receta todavía no existe en la Argentina, pero en muchos países del mundo ya es parte de los sistemas de salud. Un poco de verde, una salida al teatro, participar de un coro o ir a un museo se prescriben con la misma convicción y letra ilegible con que se escribía hace unos años el nombre de un barbitúrico.
Se llama “prescripción social” y en lugares como Canadá, Inglaterra, Japón o Suiza ya es parte de la rutina médica para afrontar o prevenir cuestiones de salud física o mental. A cualquier edad, pero sobre todo después de los sesenta. Lo que el cuerpo necesitaba y la medicina no recetabaLa idea no es nueva, pero durante años existió en bolsones aislados, sin que ningún sistema de salud la registrara formalmente.
Era casi cuestión de intuición, como el tecito con jengibre que tomamos si nos pica la garganta. Pero faltaba esa pátina de autoridad que da el sistema, el médico, la receta. El cambio de escala llegó recién en 2017, cuando el NHS británico anunció financiamiento formal para la idea, y la convirtió en pilar oficial de su modelo de atención dos años después.
Qué dicen los expertos
Puede ser que en redes aparezca aquí y allá dicho por distintos influencers más o menos creíbles, pero yo lo escuché desarrollado por un especialista hace unas semanas en Córdoba, en el Primer Congreso Argentino sobre Soledad No Deseada. Carlos Presman, un médico geriatra muy reconocido, presentó una ponencia que dedicó un bloque entero a lo que llamó la clínica de la soledad, con un argumento que despierta al menos curiosidad: la comunidad es la respuesta que la humanidad se dio para defenderse del peligro externo. El aislamiento, entonces, es síntoma de una enfermedad social —nos encerramos porque dejamos de registrar el peligro que conlleva estar solos.
Para Presman, el origen de la soledad no es principalmente genético. El medio ambiente físico y social explica el sesenta por ciento. Las enfermedades, el treinta.
La genética, apenas el diez. Y si es una enfermedad social, la respuesta también es social. Es notable: en Inglaterra la idea nació en un centro comunitario en 1984 y necesitó treinta y tres años para volverse política de Estado.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





