
El desembarco de “los barcos negros de los hombres malignos” y una apertura al mundo occidental: la aventura del almirante Perry
En 1603, el shogunato Tokugawa decidió que Japón debía aislarse del resto del mundo para evitar las malas influencias de Occidente, que incluían sus vicios, la belicosidad de los blancos y el cristianismo. El...
July 31 — İsrail x Hizbullah ile kalıcı barış anlaşması...?
Una noticia relevante se está gestando en la escena internacional. En 1603, el shogunato Tokugawa decidió que Japón debía aislarse del resto del mundo para evitar las malas influencias de Occidente, que incluían sus vicios, la belicosidad de los blancos y el cristianismo. El aislamiento del Imperio del Sol Naciente no solo era cultural; llegaba al extremo de no devolver a los marinos que naufragaban en sus aguas. No todos los japoneses coincidían con esta política de exclusión.
En 1612, Tsunenaga Hasekura emprendió un viaje hacia México para entablar relaciones con las colonias españolas. No contento con este logro y habiendo escuchado las historias de los grandes señores europeos, cruzó el Atlántico y visitó la Santa Sede, donde el papa Paulo V lo convirtió al cristianismo. También fue recibido por el rey Felipe III de España para entablar relaciones comerciales.
Los detalles
Una parte de su séquito decidió quedarse en España, más precisamente en Coria del Río, cerca de Sevilla, donde aún viven los descendientes de estos primitivos habitantes. Hasekura tuvo un regreso sin gloria: traía entre sus cosas lo que los demás consideraban una pérdida de la esencia japonesa: el cristianismo. Los Tokugawa prefirieron perseverar en este aislacionismo, que duró exactamente doscientos cincuenta años, hasta que el comodoro Matthew Calbraith Perry, siguiendo las órdenes del presidente Millard Fillmore, arribó a la bahía de Uraga, cerca de Tokio, al frente de una flota que contaba con dos barcos a vapor y dos a vela.
Estos vapores, que echaban humo como volcanes, impresionaron profundamente a los nativos. Los llamaron “los barcos negros de los hombres malignos”. En esa oportunidad, Perry entregó una carta del presidente destinada al emperador, donde el mandatario norteamericano expresaba su intención de romper la política de seclusión del Japón y abrir la nación a Occidente.
La nota fue recibida con frialdad por los funcionarios Tokugawa. Perry permaneció diez días en la bahía y, antes de partir, les advirtió a las autoridades que habría de volver con más naves, cosa que hizo seis meses más tarde al frente de una flota que contaba con cien cañones. Su presencia tuvo el efecto intimidatorio que deseaba.
Qué dicen los expertos
En marzo de 1854, Perry firmó con las autoridades japonesas el Tratado de Kanagawa. Si bien este garantizaba dos puertos de reabastecimiento de carbón para las naves americanas, la devolución de los náufragos occidentales y autorizaba la presencia de un cónsul en Shimoda, en la península de Izu, solo hacía vagas promesas sobre la apertura comercial y la posición de “nación más favorecida” para los norteamericanos. La apertura definitiva se lograría cinco años más tarde.
De esta forma, Estados Unidos se adelantaba a las naciones europeas, especialmente a Francia, que desde hacía años mantenía un provechoso comercio con la seda japonesa, que era de mejor calidad que la china. En 1853, Perry tenía 59 años y, a lo largo de su servicio en la Marina americana, había visto poca acción. Su actuación persiguiendo piratas caribeños y durante la Guerra de México no había sido relevante.
Su misión más importante hasta el momento había sido conducir a exesclavos hacia Liberia, el país creado para restituir a la gente de color a África. Para cuando entró en la bahía de Tokio, Perry era un hombre enfermo, un alcohólico con cirrosis que, además, padecía una artritis que le imposibilitaba moverse. La misión de Perry dio más frutos que los esperados y fue su pasaporte a la inmortalidad.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





