
El Niño y el hambre que no queremos mirar
Cuando se habla del Fenómeno El Niño, el país imagina lluvias intensas, huaicos, carreteras interrumpidas, puentes destruidos y viviendas inundadas. Pero hay una consecuencia que casi siempre aparece tarde en la...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. Cuando se habla del Fenómeno El Niño, el país imagina lluvias intensas, huaicos, carreteras interrumpidas, puentes destruidos y viviendas inundadas. Pero hay una consecuencia que casi siempre aparece tarde en la discusión pública: el impacto de los desastres naturales sobre la alimentación. No solo sobre la producción agrícola, sino sobre la mesa diaria de millones de familias.
La reciente alerta de CONVEAGRO debería encender todas las alarmas. Ya que nos advierte que las pérdidas por el Fenómeno El Niño Costero podrían superar los 3 mil millones de dólares y afectar a más de nueve millones de personas. Además, se advierte una posible reducción de hasta el 50 % en la producción nacional de alimentos.
Los detalles
No es una cifra menor ni un problema sectorial. Estamos hablando de papa, arroz, maíz, menestras, cebolla, palta, fresa, mango y otros alimentos que no son simplemente “cultivos”: son parte de la alimentación cotidiana del país. El problema es que en el Perú solemos mirar el agro como si estuviera lejos de la ciudad.
Como si lo que pasa en el campo se quedara en el campo. Pero basta que una carretera se bloquee, que una cosecha se pierda o que un productor no pueda recuperarse, para que el impacto llegue rápidamente a los mercados, a las ollas comunes, a los comedores populares y a los hogares que ya vienen ajustando sus compras desde hace años. Y ese es el punto central, El Niño no golpea a un país alimentariamente estable, golpea a un país donde la inseguridad alimentaria ya es una realidad, ya que según la medición oficial más reciente del INEI, en el año 2025 la inseguridad alimentaria moderada o severa afectó al 30,5 % de la población peruana.
Es decir, tres de cada diez peruanos tuvieron dificultades para acceder a alimentos en cantidad o calidad suficiente. La situación es aún más dura en el área rural, donde la prevalencia llega al 35. Y en regiones como Loreto y Puno, los niveles son todavía más críticos.
Qué dicen los expertos
A ello se suma otro dato que debería estar en el centro de cualquier debate serio sobre desarrollo, millones de peruanos no pueden costear una dieta saludable. Esto significa que muchas familias no solo están comiendo menos, sino también peor. No necesariamente porque no sepan qué comer, sino porque los ingresos no alcanzan, los precios suben y los alimentos frescos y nutritivos se vuelven cada vez menos accesibles.
Entonces, cuando se proyecta una caída fuerte en la producción de alimentos, no estamos hablando únicamente de pérdidas económicas para el agro. Estamos hablando de un riesgo directo para el derecho a la alimentación. Porque si cae la producción, suben los precios.
Si suben los precios, las familias más pobres reducen cantidad, calidad o diversidad de alimentos. Y cuando eso ocurre, quienes primero pagan el costo son los niños, las gestantes, los adultos mayores, las personas con enfermedades crónicas y las familias que viven de lo que pueden conseguir en el día. Por eso resulta preocupante que el país siga actuando como si la emergencia climática fuera una sorpresa.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





