
Eugenia Correa, contra el linaje como mandato y las imágenes que naturalizan la violencia de género
Hay muestras que necesitan de decenas de obras para plantear reflexiones sobre un tema particular: con recorridos historicistas, siempre parciales, con artistas que son invitados a dialogar, a veces de manera forzada,...
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Una noticia relevante se está gestando en la escena internacional. Hay muestras que necesitan de decenas de obras para plantear reflexiones sobre un tema particular: con recorridos historicistas, siempre parciales, con artistas que son invitados a dialogar, a veces de manera forzada, para construir un relato eficiente o, por lo menos, abarcativo. En otras, la sencillez, lo puntual, logra el mismo cometido. Es el caso de una escueta y contundente presentación de la tucumana Eugenia Correa en el Museo Larreta, quien como parte de Intervenciones Mínimas V tiene el poder de la síntesis para construir un puente entre la pintura renacentista y/o barroca con temas de actualidad.
Las intervenciones mínimas forman parte de un programa del espacio de Belgrano, creado por su directora Delfina Helguera, en el que se exhiben obras de contemporáneos en relación con la colección permanente, en una propuesta que busca no interferir con el recorrido del público y, a su vez, que remitan a temas, técnicas y planteos visuales de siglos anteriores. Por allí ya pasaron Inés Raiteri, Jorge Miño, Pablo Lapadula, Jacques Bedel, María Silvia Corcuera y Andrea Alkala, entre otros. En este caso, Correa se presenta junto a Paula Zaccaria quien presenta diseños inspirados en el plano del jardín patrimonial, que se exhiben en la Sala Escritorio, dentro de una vitrina con cúpula.
Los detalles
Por su parte, Correa introduce cinco pequeños cuadros que surgen a partir de Susana y los viejos, obra atribuida al taller del veneciano Giambattista Tiépolo del siglo XVIII, exhibida en la Sala Escritorio, y dos retratos de los Archiduques Ernesto y Rodolfo de Austria (1567), del taller de Alonso Sánchez Coello, ubicados en la Sala Comedor. En su trabajo, Correa mira hacia el pasado y lo trae al presente corriendo el velo; en lo suyo, lo autobiográfico se presenta no como una “pintura del yo”, sino como espejo de los tiempos: la mujer en la sociedad, su representación, lo que se perpetúa, las violencias y los mandatos. La artista comentó a Infobae Cultura que buscó revisar las imágenes del patrimonio desde adentro, no intentando ilustrar a partir del acervo, sino discutirlo, confrontar con la cultura visual que “nos conforma y moldea”, lo que una sociedad considera normal o aceptable.
Ya en La función de la utopía, una muestra coral tucumana en el Museo Marco en 2024, había presentado Santa Ágata, ¿qué pretende usted de mí? , en la que ironizaba con la frase de la Coca Sarli, a partir de la representación de una mujer mutilada en sus pechos por no haber querido casarse con un rey y dedicarse a Dios. Entonces, aparecía la cuestión del hombre siendo dueño del cuerpo de la mujer.
En otra muestra, Del plexo, a la raíz, en galería Biga, participó con su serie El mandato, en la que a través de retratos expuso dinámicas de las relaciones familiares, las herencias que se cargan sin desearlo, los hijos predilectos o, en el otro extremo, los invisibilizados, como las mímesis que se generan puertas adentro para no romper con lo que se espera. En el Larreta, convirtió su intervención en una revisión de dos herencias que siguen operando en el presente: el linaje como mandato sobre los varones y ciertas imágenes de mujeres que naturalizan la violencia. Sobre las obras de los archiduques, en las que vio una representación embellecida de los herederos, pensada para sostener “el apellido, la corona, la casta”, produjo el tríptico Simiente, con retratos de sus dos hijos varones, en el que el mayor aparece como el archiduque Ernesto, también primogénito y heredero, mientras el segundo encarna una actitud burlona ante la pose impuesta.
Qué dicen los expertos
Cuando habló con ellos sobre la idea de “continuar el legado familiar, el linaje, el apellido”, la reacción fue de extrañeza y risa, comentó. Y esa incomodidad pasó a las obras: “Tenían esta cuestión de la postura forzada, el gesto de malestar que esa situación lo podría llegar a generar”. La artista subrayó una paradoja que encontró en la historia de los retratados: “Estos archiduques no perpetuaron su apellido.
Este árbol se secó ahí”. También extendió esa lectura más allá de una familia o una casa nobiliaria: “No importaban si había treinta mujeres antes, porque el apellido solo lo portan los varones, lo perpetúan los varones”. Un detalle formal completa esa crítica.
Correa colocó raíces que salen del marco y avanzan hacia el plano del espectador, raíces que “se desprenden de los genitales de los retratados”, como una forma de desbordar “ese modelo, ese formato, esa normativa”. En la tercera pieza, una caja mortuoria con molduras doradas encierra una semilla hueca de pindó, una palmera de Tucumán, “aprisionada y asfixiada” por raíces de un árbol genealógico. La artista explicó que allí “lo que se busca atesorar termina no brotando”, ya que “no hay vida en esos lugares”.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





