
La ilusión de elegir
Neil Selwyn, reconocido investigador en el campo de la educación digital, nos advierte que la plataformización, la datificación y la algoritmización reabren un nuevo debate sobre quién controla y se beneficia de estas...
July 31 — İsrail x Hizbullah ile kalıcı barış anlaşması...?
Una noticia relevante se está gestando en la escena internacional. Neil Selwyn, reconocido investigador en el campo de la educación digital, nos advierte que la plataformización, la datificación y la algoritmización reabren un nuevo debate sobre quién controla y se beneficia de estas infraestructuras, señalando que la educación se reorganiza bajo lógicas que exceden a docentes, instituciones y usuarios. La música no es ajena a este proceso. Hoy, el 85% de la reproducción musical se realiza vía plataformas como Spotify, Apple Music y YouTube Music (IFPI, 2025), sitios dominados por algoritmos que direccionan gustos y hábitos de escucha.
De alguna manera, estos espacios no solo distribuyen música, sino que la ordenan, la jerarquizan, la recomiendan y, en muchos casos, la producen. La pregunta ya no es únicamente qué escuchamos, sino cómo lo hacemos y bajo qué lógicas cognitivas y tecnológicas se configura lo que elegimos. El intento por modelar preferencias no es una novedad que llegó con la era digital.
Los detalles
En tiempos de la radio y la televisión la elección musical tampoco era una decisión absolutamente libre, sino una experiencia orientada a partir de la repetición. Para cuando The Buggles publicaron “Video Killed the Radio Star” en 1979, la estrella de radio, supuestamente asesinada, resucitaba en el dial sostenida por emisoras que programaban una y otra vez las canciones de las nuevas figuras de la pantalla. Era también la época de los teléfonos, los saludos al aire y una generación que, como diría el Indio Solari, “pedía siempre temas en la radio”.
La canción que sonaba una y otra vez en una estación no solo respondía a una preferencia previa del público, también se la inducía. Una conocida radio de la capital argentina llegó a resumirlo en un spot de notable sinceridad: “no sabés si te gusta porque te la pasamos todo el tiempo, o si te la pasamos todo el tiempo porque te gusta; lo importante es que te gusta y acá te la pasamos”. La frase, aun en su carácter publicitario, exponía con precisión una verdad incómoda.
El gusto podía presentarse como deseo espontáneo aún cuando hubiese sido pacientemente inducido. Un domingo de 1998, uno de los autores de esta nota llamó a una radio por el simple hecho de conversar un momento con sus conductores, sin intención de pedir canción alguna. Antes de salir al aire, y justamente porque no quería pedir ningún tema, se le invitó a colaborar solicitando uno que la emisora estaba promocionando.
Qué dicen los expertos
Se trataba de una canción de la banda colombiana Ekhymosis, liderada por Juan Esteban Aristizábal Vásquez, popularmente conocido poco tiempo después como Juanes. La anécdota, más que una rareza, condensa una lógica de época. El oyente aparecía como participante, pero su participación podía ser previamente guionada.
El pedido telefónico, presentado como expresión del gusto popular, funcionaba también como una tecnología elemental de legitimación. Frente a ese fenómeno de cierta imposición de preferencias, los oyentes siempre buscaron grietas por donde filtrar su propia autonomía. Mucho antes de la aparición de Spotify, la posibilidad de copiar música ya había modificado la relación entre oyente, industria y obra.
La aparición del cassette habilitó una forma doméstica de apropiación sonora que desplazó parcialmente el oligopolio de la distribución comercial. Grabar una canción desde la radio, copiar un disco prestado, registrar de forma clandestina un concierto en vivo o hacer circular música que el mercado no ofrecía eran prácticas puramente analógicas que anticiparon un nuevo concepto. El oyente ya no solo recibía música, sino que podía atesorarla, duplicarla y redistribuirla.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





