
La noche de los cuchillos largos y la ejecución sumaria de Ernst Röhm: “Si quiere matarme, que venga Hitler en persona”
Detenido en la prisión de Stadelheim, en Munich, con todo su poder perdido en menos de 24 horas, Ernst Röhm, el otrora intocable líder de las Sturmabteilung (SA), tuvo un último gesto de soberbia. Diez minutos antes lo...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. Detenido en la prisión de Stadelheim, en Munich, con todo su poder perdido en menos de 24 horas, Ernst Röhm, el otrora intocable líder de las Sturmabteilung (SA), tuvo un último gesto de soberbia. Diez minutos antes lo habían visitado en su celda el comandante del campo de concentración de Dachau, Theodor Eicke, y el oficial de las SS, Michael Lippert, para plantearle una alternativa de hierro: le dejaron una pistola cargada con una sola bala y le dijeron que tenía ese plazo preciso para suicidarse o que ellos lo matarían. —Si quiere matarme, que venga Hitler en persona —les respondió.
Cuando regresaron los recibió de pie en medio de la celda, con una actitud desafiante y el pecho descubierto. Lippert le disparó a quemarropa y murió al instante. La ejecución sumaria de Röhm marcó el punto final de la matanza que pasó a la historia como “La Noche de los Cuchillos Largos”, ocurrida entre la noche del 30 de junio y la madrugada del 1 de julio de 1934 cuando, por orden de Adolf Hitler, fueron asesinados por lo menos 85 hombres, casi todos ligados al Partido Nazi, y otros cientos fueron detenidos con la excusa de un “golpe de Estado”.
Los detalles
Entre los muertos, además de Röhm, que fue el último en morir baleado en su celda la tarde del 1 de julio, y dos de sus lugartenientes más reconocidos, se contaban no pocos líderes nazis, dos prestigiosos generales del Ejército y decenas de “camisas pardas” (el uniforme de las SA) que, según Hitler, habían intentado desplazarlo. Esa fue la explicación que el líder nazi dio 13 días después en un mensaje dirigido a toda la nación. “En esa hora yo era responsable de la suerte de la nación alemana, así que me convertí en el juez supremo del pueblo alemán.
Di la orden de disparar a los cabecillas de esta traición y además di orden de cauterizar la carne cruda de las úlceras de los pozos envenenados de nuestra vida doméstica para permitir a la nación conocer que su existencia, la cual depende de su orden interno y su seguridad, no puede ser amenazada con impunidad por nadie. Y hacer saber que, en el tiempo venidero, si alguien levanta su mano para golpear al Estado, la muerte será su premio”, dijo la noche del 13 de julio en un comunicado a la alta oficialidad del Ejército que el ministro de Propaganda Joseph Goebbels difundió en cadena por todas las emisoras de radio de Alemania. Se trataba en realidad de una excusa para encubrir una purga salvaje dentro de las propias filas nazis para limpiar los intestinos del poder y catapultar a Hitler a un liderazgo definitivo que ya nadie se atrevería siquiera a cuestionar, como sí lo había hecho Röhm pocos días antes de morir teatralmente.
El amigo que rivalizabaAdolf Hitler buscaba consolidar su posición sin reparar en los medios. Nombrado canciller a fines de enero de 1933, para mediados de 1934 todavía estaba lejos de acumular el poder que lo llevaría a ser el líder absoluto de Alemania en los siguientes diez años. Ya había logrado prohibir a todos los partidos políticos rivales y llevado al país a un régimen unipartidista controlado por los nazis, pero le faltaba controlar al Ejército, que respondía al presidente Paul von Hindenburg, un prestigioso mariscal de campo cuya salud estaba para entonces debilitada.
Qué dicen los expertos
Frente a esa situación, Röhm propuso fusionar —un eufemismo de subordinar— al Ejército con las SA, que funcionaban ya no solo como grupo de choque del partido nazi —aunque mantenía cierta autonomía— sino que tenía la envergadura de una fuerza paramilitar. Röhm era un hombre de peso dentro del régimen: no solo era uno de los iniciadores del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (nazi) y había participado en el Putsch de Múnich, el fallido intento de Hitler de alcanzar el poder por la fuerza en 1923, sino que era también amigo del führer, al punto de ser el único en su entorno que se atrevía a tutearlo. También era uno de los pocos que cuestionaba sus políticas, a las que llegó a calificar de tibias.
De concretarse, su propuesta de subordinar a las Fuerzas Armadas a las SA, bajo su mando, le daría un poder enorme, capaz de desafiar al de Hitler. Röhm lo sabía e incluso lo ponía en palabras, discretamente, con sus allegados: “Si él (refiriéndose a Hitler) cree que puede estrujarme para sus propios fines eternamente y algún día echarme a la basura, se equivoca. Las SA pueden ser también un instrumento para controlar al propio Hitler”, llegó a decir.
Unido por años de lucha a Röhm, Hitler se negaba a desplazarlo e incluso le toleraba su homosexualidad confesa, algo que a cualquier otro le hubiese costado la expulsión del partido. Pero otros líderes nazis, como Hermann Göring o Heinrich Himmler, comenzaron a conspirar contra él. Göring lo odiaba desde que se habían conocido, Himmler era en teoría su subordinado y veía en su desplazamiento una oportunidad para acrecentar su poder.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.



