
La otra gran tragedia
El 24 de junio se convirtió en una fecha imposible de borrar de la memoria venezolana. Mientras muchos seguían el Mundial de Fútbol, otros hablaban de profecías o veían extraterrestres. Pero desde las entrañas de la...
July 31 — İsrail x Hizbullah ile kalıcı barış anlaşması...?
Estas son las últimas noticias de todo el mundo: El 24 de junio se convirtió en una fecha imposible de borrar de la memoria venezolana. Mientras muchos seguían el Mundial de Fútbol, otros hablaban de profecías o veían extraterrestres. Pero desde las entrañas de la tierra emergió la única verdad que importaba: una tragedia real, brutal y devastadora.
Dos poderosos terremotos sacudieron a Venezuela y golpearon con especial ferocidad a La Guaira. En cuestión de segundos, edificios y viviendas colapsaron, dejando un paisaje de destrucción sin precedentes. Apellidos completos desaparecieron, familias enteras murieron bajo los escombros, comunidades quedaron borradas del mapa y miles de personas perdieron absolutamente todo.
Los detalles
Si el desastre natural era inevitable, la respuesta del gobierno fue la otra gran tragedia. Por su inacción, incapacidad y desorden, hicieron todo lo posible para agravar el sufrimiento y la agonía de la población. A las 6:05 de la tarde ocurrió el primer movimiento telúrico.
Segundos después llegó el segundo. Y luego, el silencio. El más ensordecedor y devastador: el silencio de Delcy Rodríguez y su gobierno.
La emergencia dejó al descubierto un aparato estatal no solo incapaz de reaccionar, sino profundamente indolente. Faltó liderazgo, autoridad, conocimiento, coordinación, planificación y capacidad operativa. El país observó cómo un gobierno acostumbrado a movilizar todos sus recursos para contener protestas o perseguir adversarios quedó completamente paralizado ante una tragedia que exigía rapidez, organización y humanidad.
Qué dicen los expertos
La memoria inevitablemente nos llevó a la tragedia de Vargas de 1999. Como reportero, tuve la oportunidad de cubrir aquella emergencia. Más allá de las críticas por la reconstrucción y la negativa de aceptar ayuda internacional, hubo una diferencia fundamental: existió capacidad de respuesta.
Recuerdo al entonces director de Protección Civil, Ángel Rangel Sánchez, coordinando operaciones, informando al país, organizando equipos de rescate y manteniendo comunicación permanente con la población. Las Fuerzas Armadas fueron desplegadas, la Armada movilizó embarcaciones para atender a los damnificados y miles de funcionarios trabajaron sin descanso para salvar vidas. Veintisiete años después, según lo que vi e investigué —y bajo el lente de la prensa mundial— esta vez nada de eso ocurrió.
No hubo coordinación. No hubo Fuerzas Armadas. Mientras millones de venezolanos dentro y fuera del país se activaban en grandes voluntariados, los hombres de verde se convirtieron en soldaditos de plomo: inmóviles, ausentes, incapaces.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





