
La voluntad del balón
En el fútbol existe un hecho misterioso que muchos aficionados, sin duda, ignoran. Se trata de que el balón es un ente vivo, sumamente caprichoso, que también juega y no pocas veces acaba por imponer su voluntad. Si yo...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. En el fútbol existe un hecho misterioso que muchos aficionados, sin duda, ignoran. Se trata de que el balón es un ente vivo, sumamente caprichoso, que también juega y no pocas veces acaba por imponer su voluntad. Si yo fuera entrenador de fútbol les diría a mis jugadores que en un partido lo más importante es que el balón te quiera, que esté de tu parte, que le caigas bien.
Puesto que el fútbol ya se ha convertido en una religión planetaria más poderosa que cualquier otra, para que el balón te conceda sus favores, también hay que rezarle como se hace con Dios. Ambos, Dios y el balón, son dos seres veleidosos afincados desde niños en nuestro corazón. Ignoro la forma en que penetró Dios en mis entrañas; en cambio recuerdo muy bien que fue el olor a linotipia que emanaban los cromos de futbolistas el que introdujo esa nueva religión en mi cerebro.
Los detalles
Aquel aroma tan sagrado como lo es el incienso en la liturgia católica, lo llevo asociado a las figuras de mi época, Zarra, Gainza, Puchades, Di Stéfano, Kubala, de la misma forma que los nuevos adoradores se postran hoy ante los héroes Cristiano Ronaldo, Mbappé, Messi y Lamine Yamal que un día también serán nostalgia. A mis 12 años yo tenía un balón de cuero muy recio, al que había que hinchar con el bombín, meter a duras penas con los pulgares el pitorro de la vejiga y llevarlo al taller de bicicletas para que le dieran grasa. Yo lo adoraba porque sabía el poder que me confería entre mis compañeros.
Aquel balón me permitía formar el equipo a mi antojo, darme el capricho de ser portero o delantero centro y terminar el partido cuando me cansaba. Era un balón viejo, al que un día uno le dio una mala patada, lo lanzó contra unas piteras, se rasgó y en el taller me dijeron que era irrecuperable. En ese momento perdí mi poder.
Dicho lo cual, en este Mundial de fútbol no importa que el equipo español juegue bien o mal porque para ganar solo se necesita que el balón se ponga de tu parte, le caigas bien y te regale el gol de la victoria.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





