
Reloj de arena, hace más de treinta siglos
No lo séReloj de arena, hace más de treinta siglosLo pensé en la sala de espera. Ya había terminado el libro que guardé en la mochila, el porcentaje de la batería se destacaba en rojo en la pantalla, así que retomé la...
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Estas son las últimas noticias de todo el mundo: No lo séReloj de arena, hace más de treinta siglosLo pensé en la sala de espera. Ya había terminado el libro que guardé en la mochila, el porcentaje de la batería se destacaba en rojo en la pantalla, así que retomé la observación de mi entorno Compartir Facebook X - Twitter WhatsApp Telegram LinkedIn Copiar enlace Enviar por email ComentarElena MedelTexto Loreta LionIlustración TextoIlustraciónActualizado Sábado, 27 junio 2026 - 00:09El primer faraón Seti cumplió en vida los augurios de su nombre, consagrado al dios que velaba por el tumulto y el caos. Para su descanso eterno Seti intentó la armonía, la belleza, los dones del espíritu, erigió un templo tan desmesurado que las obras las concluyó su hijo Ramsés; monumentos y capillas, patios y jardines, homenajes a quienes le precedieron, un cenotafio en honor a sí mismo en el que se distingue una de las representaciones más antiguas de un reloj de sol, 13 siglos antes de que un nacimiento en un pesebre dictase quizá no un tiempo nuevo, sí el calendario por el que se regirían en tierras desconocidas las unas de las otras.
Pero ahí, en la bóveda de la cámara funeraria de un hombre que ordenó que extrajeran el corazón a su cadáver y lo situaran en el lado contrario para que no fallase en la existencia siguiente, ahí, un reloj de sol: las instrucciones para construirlo y para usarlo, la ambición o la necesidad de conocer el tiempo que transcurre, que se agota. Lo pensé en la sala de espera de neurología. Se me ocurrió pensar sobre el tiempo, el reloj de arena, el faraón, porque me habían citado hora y cuarenta minutos antes y me anticipé, según indica la hojita con mis datos: unas dos horas en total.
Los detalles
Ya había terminado el libro que guardé en la mochila -probé, y no aguantó la relectura-, el porcentaje de la batería se destacaba en rojo, así que retomé la observación de quienes charlaban, bostezaban, se restregaban los ojos con el puño cerrado. Casi todos ancianos, con su pareja o un hijo o una hija, con una cuidadora, entre los hombres abundaba la gorra como marca de la estación del año; yo, la más joven, aunque ya no lo sea. A las quejas sobre los retrasos, la administrativa prevenía, van todas tarde hoy, o consolaba, si por mí fuera, y su aspiración flotando tras el cristal que la separaba de los pacientes: un deseo por cumplir.
El hombre con la camiseta de Costa Cálida y la hija que bufaba, como si así insuflase energía a las doctoras, y la mujer no mucho mayor que yo -calculé- que preguntaba por un enchufe en el que cargar el móvil, y así el retrato -una pincelada por ronda- de cada una de las personas que aguardaban en la salita pequeña de la planta primera del edificio lateral; terminó incomodándome mi propia insistencia.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





