
Beneficios tributarios, Súper RIGI y unicornios: cómo dejar de castigar el futuro
La Argentina no debería necesitar regímenes promocionales. Lo deseable sería un país donde invertir, exportar, contratar o producir no requiera pedir permiso, obtener una excepción ni entrar en un régimen especial.Pero...
July 31 — İsrail x Hizbullah ile kalıcı barış anlaşması...?
Surgen avances clave en el escenario mundial. La Argentina no debería necesitar regímenes promocionales. Lo deseable sería un país donde invertir, exportar, contratar o producir no requiera pedir permiso, obtener una excepción ni entrar en un régimen especial. Pero la Argentina todavía no es ese país.
Mientras arrastra impuestos distorsivos, trabas cambiarias, déficits crónicos y una alarmante facilidad para cambiar las reglas cuando cambia el poder político, los regímenes promocionales pueden cumplir una función imperfecta y transitoria: crear islas de normalidad para ciertos sectores cuando, por razones fiscales, políticas o institucionales, todavía resulta muy difícil ofrecer reglas razonables para todos. No son el ideal ni deberían convertirse en un sistema permanente de privilegios selectivos. Pero pueden servir como puente hacia un país más razonable, siempre que no sean atacados cuando empiezan a funcionar, sino tomados como referencia para extender mejores reglas al resto de la economía.
Los detalles
La lección de la Ley de SoftwareA veces, incluso en gobiernos de orientación estatista, la Argentina hace algo razonable. La Ley de Promoción de la Industria del Software, sancionada en 2004, fue una de esas excepciones. Lo deseable sería un país donde invertir, exportar, contratar o producir no requiera pedir permiso, obtener una excepción ni entrar en un régimen especialEl kirchnerismo llegó al poder con un punto de partida macroeconómico extraordinariamente favorable: superávits gemelos, capacidad ociosa después de la crisis, precios internacionales muy altos, baja deuda pública tras la reestructuración y un mundo dispuesto a comprar lo que el país podía producir.
Sin embargo, su orientación general no predicaba precisamente la libertad económica ni la previsibilidad de largo plazo. En los años siguientes, esa orientación profundizaría la presión tributaria, el intervencionismo, las distorsiones cambiarias, las afectaciones al derecho de propiedad y la desconfianza hacia el sector privado, hasta desembocar en una economía al borde de la hiperinflación. En ese contexto, la Ley de Software hizo algo distinto.
Identificó una actividad con potencial exportador, empleo calificado y capacidad de competir globalmente, y le ofreció beneficios, estabilidad fiscal y previsibilidad. Mercado Libre ya existía, y la ley no explica por sí sola el crecimiento de Globant, Despegar y otras compañías argentinas con escala internacional. Pero ayudó a construir un ecosistema donde el talento tecnológico no nacía condenado de antemano por el contexto político y la gestión del país.
Qué dicen los expertos
La propia Mercado Libre fue declarada beneficiaria de esa estabilidad fiscal y terminó convirtiéndose en el unicornio argentino por excelencia. Argentina promueve sectores cuando son incipientes y los ataca cuando empiezan a funcionarEl punto no es atribuir esos éxitos a una ley, sino advertir algo mucho más importante: una política razonable puede remover parte del castigo que el régimen general impone sobre sectores con potencial y crear un entorno donde el talento no se esconda, no se vaya y encuentre razones para invertir y quedarse. Extender lo que funcionaEl problema argentino aparece después.
La Argentina promueve sectores cuando son incipientes y los ataca cuando empiezan a funcionar. Mientras una industria es chica, todos hablan de innovación, futuro, empleo calificado y exportaciones. Pero cuando aparecen empresas grandes y empresarios exitosos, pasan a convertirse en posibles presas fiscales, en lugar de preguntar qué condiciones permitieron ese crecimiento y cómo replicarlas.
Precisamente por eso, el paso siguiente no debía ser mirar con sospecha lo que había funcionado, sino ampliar esa lógica. La Ley de Economía del Conocimiento intentó hacerlo, ya durante la administración de Mauricio Macri: ante la dificultad presupuestaria de establecer una baja global de impuestos, buscó extender la experiencia de la Ley de Software a otros sectores intensivos en talento y con capacidad de vender valor agregado al mundo. Fue, en algún sentido, el intento de transformar la isla del software en un archipiélago más amplio de sectores dinámicos.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.




