
La aldea portuguesa Foz d’Égua, un lugar de película perfecto para una escapada veraniega
Siempre las aldeas, los pueblos pequeños perdidos en la espesura de los montes o en cruces de caminos inexplorados, han quedado relegadas a un segundo plano. Muchas veces se desconoce su existencia, pero si, existen y...
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Una noticia relevante se está gestando en la escena internacional. Siempre las aldeas, los pueblos pequeños perdidos en la espesura de los montes o en cruces de caminos inexplorados, han quedado relegadas a un segundo plano. Muchas veces se desconoce su existencia, pero si, existen y están abiertas a disfrutarlas y conocerlas, como es el caso de Foz d’Égua, un pequeña localidad situada al sur del Parque Natural de la Sierra de la Estrella, a unas 3 horas y media en coche desde Lisboa. Se trata de un pueblo de apenas un puñado de casas ‘colgantes’ que nació en el único punto posible en el que la geografía se lo permitió: encajado entre los ríos Piódão y Chãs d’Égua que conforman una idílica playa fluvial.
Sin duda, un lugar mágico que bien merece una visita. Si hablamos de Portugal, generalmente solemos mencionar las ciudades más importantes y los paisajes de costa, pero en su interior podremos encontrar rincones verdes que merecen una visita. Y en las laderas de la montañas, tan cubiertos de musgo que hacen parecer que pertenecen a la propia cordillera, se encuentran pueblos como Foz d’Égua, que pertenecen a una de las doce aldeas históricas de Portugal, y a la parroquia de Piódão, que da nombre a uno de los dos ríos que han convertido a esta villa en un lugar emblemático.
Los detalles
Historia grabada en equisto y pizarraEl camino para llegar hasta este paraíso local de agua dulce pone en situación y capta de inmediato la atención de cualquier visitante. Tras atravesar una carretera llena de curvas, se empiezan a visualizar las casas de esquisto y pizarra que componen la aldea. Además, como peculiaridad, en estas losas que componen las humildes edificaciones se pueden vislumbrar cerca de 300 grabados esculpidos en el esquisto, los más remotos con una antigüedad de entre cuatro mil quinientos y cinco mil años, en su mayoría del período comprendido entre el Neolítico y la Edad del Bronce.
Hasta hace unos pocos años parecía que seguían en ese periodo, ya que la electricidad o el agua corriente no llegaban al pueblo. Por eso, aunque el territorio lleva habitado desde hace milenios, no aparece en los registros hasta tiempos recientes. Aun así, siempre ha sido una aldea alejada de la huella humana, lo que le ha permitido preservar ese ecosistema natural prácticamente intacto.
A partir de mediados del siglo XX sufrió un vaciamiento demográfico. La mayoría de la población emigró hacia otras ciudades o hacia el litoral y, en cuatro décadas, la zona perdió el 79% de su población. De vuelta a la actualidad, ha habido una rehabilitación de mano de una iniciativa privada que ha invertido en las casas para arreglarlas y añadir detalles icónicos que mantengan viva la esencia histórica del municipio.
Qué dicen los expertos
Una playa fluvial como gran atractivoGracias a la mano de obra humana, los vecinos de Foz d’Égua pueden presumir de una playa fluvial fundada a partir de un dique que frena la corriente de los ríos que pasan por el pueblo y forman un lago enmarcado por dos puentes unidos en el famoso Arco de Xisto. También, entre su pintoresca arquitectura rural, se incluye un gran puente colgante que cruza un desfiladero y le acompaña un santuario en el punto más alto de la villa. Aunque está en un enclave recóndito, ya no es exactamente un lugar ‘secreto’, por eso, si se quieren rehuir las aglomeraciones, es mejor evitar los fines de semana.
Eso sí, debido a la existencia de esas aguas cristalinas perfectas para darte un chapuzón con vistas a la montaña, es uno de esos destinos especialmente indicados para el verano. Es perfecto para los amantes de la ornitología y el mundo animal. Al estar en plena sierra del Açor, además del ave rapaz que da nombre al enclave montañoso, se pueden avistar otras aves como el gavilán o el cárabo; mamíferos como la gineta y la graduña; y una gran variedad de invertebrados, especialmente mariposas, de las que se han registrado cerca de 240 especies.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





