
La masacre de Avellaneda: cuando la policía asesinó a dos jóvenes y trató de encubrirlo como un “enfrentamiento entre piqueteros”
La convertibilidad, esa ficción monetaria que sostenía que un peso se podía cambiar por un dólar, había estallado seis meses antes y el clima social seguía efervescente. Los titulares de los diarios de la mañana del...
No Meeting by June 30 — Where will Trump and Putin meet after that?
Surgen avances clave en el escenario mundial. La convertibilidad, esa ficción monetaria que sostenía que un peso se podía cambiar por un dólar, había estallado seis meses antes y el clima social seguía efervescente. Los titulares de los diarios de la mañana del miércoles 26 de junio de 2002 daban un cuadro de la situación: “El FMI sigue durísimo con la Argentina”, decía uno de ellos, que auguraba poco éxito a la misión —que era casi un ruego de piedad— del ministro de Economía, Roberto Lavagna, en Washington. “El dólar no frena: tocó los 4 pesos”, anunciaba otro de los títulos, y agregaba en la bajada: “En cuatro días subió 6,9%”.
Si la economía ardía, la política no le iba a la zaga: el día anterior el expresidente radical Raúl Alfonsín había renunciado a su banca en el Senado en medio de la convulsión dentro de su propio partido, donde había quienes lo acusaban de haber confabulado con el peronista Eduardo Duhalde para voltear al Gobierno de Fernando De la Rúa. Duhalde era ahora el presidente provisional, un senador elegido por sus pares para ejercer la presidencia hasta terminar el mandato que le hubiera correspondido a Fernando De la Rúa. La desocupación, el hambre, la inflación y el dólar disparado hacían imposible la vida de millones de argentinos y las protestas se multiplicaban día tras días.
Los detalles
Ese miércoles, a media mañana, piqueteros de diferentes organizaciones confluyeron en la avenida Pavón, en Avellaneda, con la intención de subir al Puente Pueyrredón, entrar a la Ciudad de Buenos Aires y marchar hacia la Plaza de Mayo. Las columnas del Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados y de Barrios de Pie marchaban hacia la subida del puente donde tenían pensado confluir con otra columna, encabezada por el Bloque Piquetero Nacional (BPN) que avanzaba desde la calle Alsina. Luego de recorrer las cuatro cuadras que separan la Estación Avellaneda del Puente Pueyrredón, las columnas se encontraron con un grupo de policías a cargo del comisario inspector Alfredo Franchiotti, que formaba parte de un fuerte operativo de la Policía Bonaerense que tenía una orden precisa del Gobierno: los manifestantes no debían cruzar el puente.
Allí comenzó la represión que, al final del día, no sólo dejaría como saldo fatal más de treinta heridos, sino también dos asesinatos, los de Maximiliano Kosteki y Daría Santillán. A sangre fría“En cinco minutos tienen que despejar la zona”, fue la orden de Franchiotti a la primera línea de manifestantes que avanzaba hacia el Puente Pueyrredón, pero casi no dio tiempo para cumplirla, porque menos de cinco minutos después la policía empezó a disparar postas de goma, las tradicionales en la represión de las protestas, pero también balas de plomo. En medio de la confusión, los manifestantes comenzaron a dispersarse y a correr, porque no había manera de enfrentar las balas con simples palos y porque de inmediato se dieron cuenta de que los cartuchos que caían al piso disparados por la policía no solo eran los verdes de las balas de goma sino los rojos que identificaban a la munición de plomo, balas de muerte.
La multitud corrió hacia el lado del puente que lleva a la provincia con la policía detrás, disparando a mansalva. Allí se dispersó configurando tres ríos humanos por las avenidas Mitre, Belgrano y Pavón. Sobre esta última, a la altura de la Estación Avellaneda del Ferrocarril Roca, Maximiliano Kosteki, de 22 años, oriundo de Guernica, cayó herido de un balazo en la espalda.
Qué dicen los expertos
Sus compañeros de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados “Aníbal Verón” lo arrastraron dentro del hall de la estación para protegerlo, para auxiliarlo. En ese grupo había un pibe de 21 años que había llegado desde el Barrio Don Orione. Se llamaba Darío Santillán y era uno de los encargados de la seguridad de la agrupación.
Cuando ya dentro de la estación, y sin saber que estaba herido de muerte, tres o cuatro jóvenes estaban intentando auxiliar a Maximiliano, irrumpió un grupo de policías encabezado por el comisario Franchiotti y el cabo Alejandro Acosta. Los agentes tenían sus armas desenfundadas y los chicos corrieron para escapar. Todos menos uno, Darío Santillán, que se quedó agachado junto a Kosteki y levantó una mano en un vano intento de evitar que los atacaran.
Ocurrió todo lo contrario: lo obligaron a ponerse de pie y cuando estaba de espaldas le dispararon a sangre fría. Herido, Santillán comenzó a retorcerse en el suelo mientras dos de los policías intentaban levantarlo. “¡Levantate, levántate!
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





