
La Segunda Invasión Inglesa: encarnizados combates callejeros y el jefe británico condenado por una corte marcial por su derrota
Someter “la provincia de Buenos Aires a la autoridad de Su Majestad” sería la última misión de John Whitelocke. Este teniente general británico de 50 años, era un experimentado militar que había ingresado al ejército en...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. Someter “la provincia de Buenos Aires a la autoridad de Su Majestad” sería la última misión de John Whitelocke. Este teniente general británico de 50 años, era un experimentado militar que había ingresado al ejército en 1778, en 1793 ya había sido ascendido a coronel, había comandado con éxito una campaña en Santo Domingo, para luego prestar servicios en India, Egipto y en Cabo de Buena Esperanza. No se imaginaba que por su desastrosa campaña en el Río de la Plata su carrera militar terminaría en una corte marcial.
Cuando el comodoro Popham se apoderó de Buenos Aires en 1806, había pedido refuerzos a Londres. Alistaron 1400 hombres que estaban en Africa; por su parte una escuadra con 4000 efectivos al mando de sir Samuel Achmuty debía ponerse a las órdenes de William Beresford, a quien creían que aún era gobernador de Buenos Aires. Otra flota, que transportaba unos 4200 soldados al mando del brigadier Craufurd, había salido del Cabo con proa a conquistar Chile.
Los detalles
En el interín llegó a Gran Bretaña la noticia de la rendición inglesa del 12 de agosto, entonces le ordenaron olvidarse de Chile, poner proa a Buenos Aires y sumarse al resto de los efectivos. El gobierno puso al frente de ese ejército a Whitelocke que, al decir de Groussac, “probablemente el jefe mas inepto del ejército inglés; en todo caso, el menos autorizado y prestigioso”. En marzo se embarcó al frente de 1630 hombres.
El 10 de mayo llegó a Montevideo, en poder inglés, y fue ungido con las pomposas atribuciones de gobernador y comandante en jefe de las fuerzas británicas en Sudamérica. Sin tomar en cuenta a los jefes, oficiales y marineros, los efectivos que desembarcaron en Ensenada fueron 7822 hombres. Los unía el hecho que estos jefes y unidades nunca habían peleado juntos.
El 5 de septiembre del año anterior Santiago de Liniers llamó al vecindario a enrolarse en cuerpos, y evitar que un puñado de invasores tomasen la ciudad, como había ocurrido en la primera invasión. Recomendaba que todo hombre en aptitud de disparar un fusil asistiese. La convocatoria empezó el miércoles 10 de septiembre con los catalanes; el 11 los vizcaínos; el 12 los gallegos y asturianos y los andaluces, castellanos y patricios el 15, en todos los casos a las dos y media de la tarde.
Qué dicen los expertos
Bajo la supervisión de Liniers, se instalaron fábricas de balas y de armas blancas. Se construyeron fortificaciones con baterías en Retiro, la Residencia, Barracas y Quilmes para hacer frente un posible desembarco. Vinieron de parabienes los fusiles capturados a los ingleses en agosto del año anterior y se repararon las viejas armas existentes.
Del interior llegaron barriles de pólvora y todo objeto de metal era transformado en un proyectil. En la tarde del 24 de junio de 1807 Liniers pasó revista a los efectivos que defenderían la ciudad. Con algo de fortuna, el 29 un barco español había atracado en el puerto de Buenos Aires sin ser visto por la flota británica, ancalda frente a la ensenada de Barragán.
Traía las felicitaciones del rey español por la reconquista de Buenos Aires en agosto del año anterior y el ascenso de Liniers a brigadier de la real armada. Y como Pascual Ruiz Huidobro, el militar de más alto antiguo y de mayor mérito estaba prisionero de los ingleses, recayó en Liniers la responsabilidad de gobernador político y militar y capitán general del virreinato. Ese mismo día se le tomó juramento en la Real Audiencia.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





