
“Sin leyes no hay patria ni libertad”: la historia del sermón que terminó convirtiéndose en un texto fundacional de la Argentina moderna
Un joven fraile de nombre Mamerto Esquiú, Franciscano menor, tenía apenas 27 años cuando subió al púlpito de la Iglesia Matriz de Catamarca. Era el 9 de julio de 1853 y la Argentina atravesaba uno de los momentos más...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. Un joven fraile de nombre Mamerto Esquiú, Franciscano menor, tenía apenas 27 años cuando subió al púlpito de la Iglesia Matriz de Catamarca. Era el 9 de julio de 1853 y la Argentina atravesaba uno de los momentos más delicados de su historia. A su sermón lo tituló en latín “Laetamur de gloria vestra” es decir “nos alegramos en la gloria de ustedes…” Hacía poco más de dos meses que se había sancionado la constitución nacional en Santa Fe, pero nadie podía asegurar que aquel texto sobreviviera.
El país venía de más de cuarenta años de guerras civiles, revoluciones, pronunciamientos, caudillos enfrentados y gobiernos efímeros. La caída de Rosas en Caseros había abierto una puerta, pero detrás de ella seguía existiendo un territorio fragmentado, desconfiado y acostumbrado a resolver sus diferencias por la fuerza. En ese contexto, Fray Mamerto Esquiú pronunció un sermón que terminaría convirtiéndose en uno de los documentos políticos más influyentes de la historia argentina.
Los detalles
Lo que comenzó como una homilía para celebrar el aniversario de la Independencia se transformó en una apasionada defensa de la Constitución recién nacida. Las palabras del religioso tuvieron una repercusión inmediata. Llegaron a los periódicos, a las autoridades provinciales y al propio presidente de la Confederación Argentina, Justo José de Urquiza, quien comprendió rápidamente el valor político de aquel mensaje.
Tanto lo impresionó que ordenó imprimirlo y distribuirlo en escuelas, oficinas públicas e instituciones del país. La decisión no fue casual. Urquiza sabía que la Constitución podía fracasar si no lograba algo mucho más difícil que su sanción: conseguir que los argentinos la aceptaran y la obedecieran.
El sermón de Esquiú aparecía justamente para resolver ese problema. La Argentina de 1853 era un país agotado. Desde la Revolución de Mayo, la independencia había sido seguida por una sucesión casi interminable de conflictos internos.
Qué dicen los expertos
Las provincias habían combatido unas contra otras. Unitarios y federales se habían disputado el poder durante décadas. Las constituciones nacían y morían.
Los gobiernos se sucedían a ritmo vertiginoso. La violencia política parecía una condición natural de la vida nacional. Cuando el Congreso Constituyente sancionó la Constitución el 1° de mayo de 1853, el desafío consistía en transformar aquella letra jurídica en una realidad concreta.
Había que convencer a hombres acostumbrados a las revoluciones de que la ley debía estar por encima de los intereses particulares. Esquiú entendió ese problema con una claridad extraordinaria. Por eso eligió no hacer un simple discurso patriótico.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





