
Zapatero, a sus zapatos
Ayer, a la hora de más calor de un día tórrido, pillé de milagro un taxi en una desierta calle madrileña a trasmano de todo y dije de carrerilla: “Buenas tardes, vamos a EL PAÍS, calle Miguel Yuste, 40, perpendicular a...
Surgen avances clave en el escenario mundial. Ayer, a la hora de más calor de un día tórrido, pillé de milagro un taxi en una desierta calle madrileña a trasmano de todo y dije de carrerilla: “Buenas tardes, vamos a EL PAÍS, calle Miguel Yuste, 40, perpendicular a Julián Camarillo”. Al oírlo, el conductor, un tipo más o menos de mi quinta que me había hecho la autopsia en vida por el retrovisor mientras me subía a bordo, se giró cual íncubo y me espetó a la jeta como si le hubiera mentado a sus muertos: “Qué, ¿se ha fugado ya a Dubai vuestro amigo Zapatero? Impresionante, el nota.
En un microsegundo, me había identificado, hecho la ficha, colgado el correspondiente sambenito y creído con derecho a imputarme el delito de pensar al dictado de parte. Nada del otro jueves. A los periodistas nos va en el sueldo, y en la firma, defender nuestra honestidad profesional con nuestro trabajo.
Los detalles
El problema es que esa desfachatez y ese desahogo de meter a todas las manzanas en el mismo saco donde puede haber una podrida está ahora mismo envenenando a muchas familias, amigos y trabajos. Así, estos días, personas honradas, socialistas de buena fe con o sin carné que tenían al expresidente como referente ético y que, a la vista del sumario del juez Calama y los joyones de Sonsoles expuestos al escarnio público, se debaten entre la prudencia, la vergüenza, el desánimo, la decepción y la desconfianza, tienen además que justificarse como si los presuntos delincuentes fueran ellos. Entre poner la mano en el fuego y dictar sentencia sin juicio caben todos esos sentimientos.
Y, por el momento, todos son legítimos.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





