
Cuando Europa desafió a Moscú: los orígenes anticomunistas del sueño europeo que la actual Unión nunca debería olvidar
Especial EuropaCuando Europa desafió a Moscú: los orígenes anticomunistas del sueño europeo que la actual Unión nunca debería olvidarTraumatizados por los horrores del fascismo, los padres fundadores de la Unión Europea...
No Meeting by June 30 — Where will Trump and Putin meet after that?
Surgen avances clave en el escenario mundial. Especial EuropaCuando Europa desafió a Moscú: los orígenes anticomunistas del sueño europeo que la actual Unión nunca debería olvidarTraumatizados por los horrores del fascismo, los padres fundadores de la Unión Europea también rechazaban un comunismo soviético que en los años 50 se estaba fortaleciendo en el continente. El origen de la integración europea, aún tan necesaria, fue una respuesta crucial a ambas amenazas Compartir Facebook X - Twitter WhatsApp Telegram LinkedIn Copiar enlace Enviar por email 1 comentario David Jiménez TorresSEGUIR AUTORActualizado Lunes, 15 junio 2026 - 08:59Se insiste mucho en que la Unión Europea nació para impedir que hubiese nuevas guerras en el continente. Se dice menos que también nació para ganar una muy concreta: la Guerra Fría.
O, si no para ganarla, al menos para sobrevivir a ella. Porque a finales de los años 40, Europa estaba destruida y traumatizada, tras haber vivido dos guerras mundiales en el espacio de 30 años y haber protagonizado algunos de los mayores horrores de la modernidad. Pero ese continente herido también estaba radicalmente separado por lo que Churchill bautizó en 1946 como Telón de Acero: la división imaginaria, pero con consecuencias muy reales, entre una Europa occidental alineada con los intereses y el modelo socioeconómico de Estados Unidos y una Europa oriental alineada con los intereses y el modelo de la Unión Soviética.
Los detalles
Una Europa capitalista enfrentada a una Europa comunista. Los primeros pasos del proyecto comunitario ayudaron a vertebrar y robustecer una de esas Europas frente a la amenaza que suponía la otra. Entender esto nos obliga a volver sobre las incertidumbres que caracterizaron la posguerra.
Nosotros sabemos hoy en día que la nómina de las dos Europas se mantuvo estable durante las décadas siguientes. Pero esto -la idea de que ninguno de aquellos países cambiaría de bloque en 40 años- no resultaba evidente para los líderes occidentales de aquel momento. Tras ver cómo los soviéticos ayudaban a los partidos comunistas autóctonos a tomar el poder -recurriendo a menudo a la represión y la violencia- en la parte de Europa que había quedado bajo su influjo, muchos dirigentes temían que su influencia se pudiera extender pronto a sus respectivos países.
En varios de ellos, además, ya existían partidos comunistas muy poderosos y cercanos a Moscú. El francés y el italiano, sobre todo, tenían mucho apoyo popular y un gran músculo organizativo y sindical. Hoy hay una fuerte tendencia -reforzada, paradójicamente, por la industria audiovisual estadounidense- a pensar que el miedo a la amenaza soviética y a la expansión del comunismo en Europa era el fruto de paranoias hiperventiladas o autoritarias.
Pero está claro que los líderes occidentales de los años 40-50 tenían buenos motivos para tomarse en serio esta posibilidad.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





