
Del mercado al arsenal: el fin de la fantasía de una economía situada por encima del poder
Equipaje de manoDel mercado al arsenal: el fin de la fantasía de una economía situada por encima del poderLa Unión Europea sabe fijar reglas, le cuesta traducirlas en poder operativo; la interdependencia sigue siendo...
Una noticia relevante se está gestando en la escena internacional. Equipaje de manoDel mercado al arsenal: el fin de la fantasía de una economía situada por encima del poderLa Unión Europea sabe fijar reglas, le cuesta traducirlas en poder operativo; la interdependencia sigue siendo preferible a la fragmentación salvaje Facebook X - Twitter WhatsApp Telegram LinkedIn Copiar enlace Enviar por email ComentarBuques cisterna anclados en el Estrecho de Ormuz, frente a la costa de la isla iraní de Qeshm. APAna PalacioActualizado Sábado, 30 mayo 2026 - 00:12Equipaje de mano Un papado entre el colectivo y el algoritmo Equipaje de mano Lo que se medía en Pekín La resaca de la reunión Trump-Xi en Pekín hace dos semanas empieza a dar paso a análisis sustantivos sobre el significado profundo del encuentro, rebasando la escenificación de los dos mandatarios. Se va levantando el velo de las sonrisas medidas, y lo que asoma es el orden comercial no como presupuesto asumido, sino como objeto de negociación entre poderes.
El intercambio se ha despojado del lenguaje benigno de la globalización para erigirse en vía central de la competencia entre potencias. Lo que se presentaba como eficiencia y prosperidad compartida muestra hoy su reverso de coerción, control y dominio. Durante décadas el orden multilateral descansó sobre una convicción seminal: el comercio no sólo generaba prosperidad, contribuía a embridar el poder.
Los detalles
Cuanto más entrelazadas estuvieran las economías, menos incentivos habría para la confrontación; cuanto mayor la riqueza creada, más resistente resultaría el sistema; cuanto más densas las cadenas de valor, más costoso sería romperlas mediante el conflicto. La permuta generalizada no abolía la rivalidad, pero podía encauzarla; no mudaba los adversarios en aliados, pero les suponía mucho que perder y, en consecuencia, alisaba aristas. La apertura de mercados, la expansión del comercio internacional y la conexión de economías antes aisladas fomentaron crecimiento, innovación, transferencia de conocimiento y una enorme ampliación de oportunidades.
La globalización no fue una ficción ideológica. Sacó de la pobreza a centenares de millones de personas, reordenó geografías industriales y consolidó la visión de un mundo mallado por una gramática relativamente estable. Conviene recordarlo, porque prolifera la tentación de releer aquel tiempo como si todo hubiera sido ilusión o engaño.
El error no consistió en comerciar, abrir economías o elaborar reglas. El error fue convertir una intuición razonable en dogma: creer que la interdependencia bastaría por sí sola para domesticar el poder, que la eficiencia se impondría a la política, que quien se integrara en el mercado mundial tendría demasiado en juego como para comportarse de modo disruptivo. China fue la gran prueba.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





