
Moda, arte y poder: cómo cada época vistió sus luchas de clase, opresiones y emancipaciones
La moda jamás fue un hecho superficial. Desde los palacios de Versalles hasta los algoritmos del guardarropa contemporáneo, el arte y la moda constituyen un registro siempre demostrativo. En la evolución y el reflejo de...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. La moda jamás fue un hecho superficial. Desde los palacios de Versalles hasta los algoritmos del guardarropa contemporáneo, el arte y la moda constituyen un registro siempre demostrativo. En la evolución y el reflejo de las revoluciones, la moda expone a las sociedades: sus exclusividades, deseos, miedos, vanguardias, horrores y sueños.
Cuando la aguja se cruza con el pincel, la historia deja de ser una acumulación de fechas y se convierte en una materia viva que el tiempo revela. Las clases se diferenciaban por sangre, sedas, piedras, pieles y terciopelos. La necesidad de marcar diferencias de clase a través del ropaje es tan antigua como la civilización, y su punto más álgido se observó en el Renacimiento, durante el siglo XV.
Los detalles
Cuando la clase comerciante enriquecida comenzó a pujar en las ciudades italianas y flamencas, los nobles se sintieron amenazados: los burgueses tenían dinero suficiente para adquirir las mismas telas que la aristocracia. Los monarcas respondieron con las llamadas Leyes Suntuarias. Estos decretos reales prohibían el uso de ciertos colores, pieles como el armiño o sedas a cualquiera que careciera de un título de nobleza legítimo.
El castigo ante cualquier transgresión era la cárcel. Con ese decreto exclusivo, la ropa se convirtió oficialmente en un documento de identidad legal de la casta. Una obra que da cuenta de aquella época y de su malestar social es el Matrimonio de los Arnolfini (1434), de Jan van Eyck.
Arnolfini era un mercader de telas, no un noble. Al retratarse con un opulento abrigo de piel y terciopelo oscuro, desafiaba al poder y los límites de su clase: comprar el estatus del rey, aun sin sus privilegios, burlaba la tinta de las plumas que firmaron las restricciones. En el 1700, la sofisticación de los vestidos en las cortes de Francia e Inglaterra alcanzó un nivel de teatralidad sin precedentes.
Qué dicen los expertos
La exclusividad de la aristocracia ya no se medía únicamente en la calidad de las sedas, las incrustaciones o los bordados; en ese momento también intervenía la inmovilidad del cuerpo en función del atuendo. Los cuerpos femeninos parecían insensibles al dolor, sometidos a verdaderas proezas de ingeniería cortesana: los paniers, los armazones internos de mimbre, madera o barbas de ballena, servían para ensanchar las caderas de manera hiperbólica y obligaban a las mujeres a cruzar los espacios reducidos o las puertas de costado. A diario, esa opulencia terminaba como una carga física tortuosa.
Un vestido de gala, con capas de enaguas, armazones y pedrería, podía pesar entre quince y veinte kilos. Los bailes podían durar diez horas y provocaban dolores crónicos de columna y llagas sangrientas en la cintura. Ese dolor no era expresión de sensibilidad femenina.
El corsé tensado para llegar a los cuarenta centímetros de cintura desplazaba los órganos internos y colapsaba los pulmones. La presión provocaba desmayos, y también aquí la belleza ocultaba las razones con conceptos históricamente conocidos como ataques de “extrema sensibilidad o fragilidad femenina”, un concepto romántico que enmascaraba síncopes, lesiones, fracturas por presión y falta de oxígeno. Esa belleza visual y táctil, reservada para unos pocos, fue la demostración de una opulencia flotante y ajena a la realidad.
El tema se ha convertido en uno de los puntos más destacados de la agenda mundial.





