
Terremotos en Venezuela: crónica de la misa porteña que reunió a los migrantes y en la que no alcanzaron los pañuelitos de papel
La misa empezó con el Apocalipsis. “Y vi un cielo nuevo, y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de ser, y el mar ya no existía más. Y yo, Juan, vi la ciudad santa, la nueva...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. La misa empezó con el Apocalipsis. “Y vi un cielo nuevo, y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de ser, y el mar ya no existía más. Y yo, Juan, vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una novia ataviada para su novio.
Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios”. “Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de ser”, se escuchó desde el altar. La voz quebrada, el acento mucho más cerca del Mar Caribe que del Obelisco.
Los detalles
A Kleysa le regalaron el primer pañuelito de papel de la tarde mientras toda la Parroquia Nuestra Señora de Caacupé, en el corazón de Caballito, escuchaba la cita bíblica. A esa hora, en el atardecer porteño, la cifra oficial de muertos en la tragedia sísmica en Venezuela era de 188 personas. Kleysa y María, las dos de Valencia, donde los terremotos se sintieron pero no provocaron daños catastróficos, tienen a sus familiares, sus amigos y sus conocidos vivos y sanos.
Y a su patria destrozada. Nuestra Señora de Caacupé fue, este jueves, el rincón en el que cientos de migrantes venezolanos que viven en Buenos Aires se dieron cita para sufrir juntos. El párroco allí, el padre Eusebio, es el capellán de la comunidad venezolana en la Ciudad.
En la nave principal de Caacupé asoman las imágenes de la Virgen de Coromoto, patrona de ese país, y de Nazareno de San Pablo, una representación cristiana que convoca procesiones de hasta dos millones de personas en Caracas cada Miércoles Santo. En Caracas viven los dos hermanos de Noris, una mujer venezolana que vive desde hace cinco años en Buenos Aires y que no pudo parar de llorar durante toda la misa. Había ido provista de un paquete de pañuelitos, pero regaló algunos y, cuando una pequeña orquesta tocó el himno de su país, tuvo que pedir que alguien le regalara pañuelos a ella, porque se había quedado sin refuerzos.
Qué dicen los expertos
Es que Noris buscó a sus dos hermanos hasta las 10 de la mañana de este jueves: estuvo unas dieciséis horas sin saber si estaban vivos o muertos. “Fueron las horas más largas de mi vida. De a poquito pude ir rastreando a mis amigas, saber que estaban bien.
Ellas intentaban tranquilizarme diciéndome que en la zona en la que viven mis hermanos no se habían producido los mayores daños, pero yo quería encontrarlos. Primero logró responderme uno y a las 10 de la mañana me respondió el otro. Escucharle la voz fue un milagro”, le dijo Noris a Infobae, que no podía hablar sin llorar con ese llanto que se parece al hipo.
Yazmín, del departamento venezolano de Falcón, es de las migrantes que va con frecuencia a la parroquia de Caballito. Vive en Buenos Aires desde hace ocho años y se conmovió no sólo con la orquesta sino también con las palabras del párroco durante la misa. En su homilía, Eusebio dijo: “Esta eucaristía, hermanos venezolanos, quiere ser un puente entre la patria que sufre y sus hijos que la lloran desde lejos”.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





