
Zoraya, venezolana, y Andrés, colombiano, esperan la resolución de la regularización tras huir de la violencia
Andrés apenas conoce a Zoraya. Se han sentado juntos para contar dos historias distintas que, en realidad, son la misma. En una entrevista a Europa Press, ella rompe a llorar mientras habla de una de sus hijas. Él busca...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. Andrés apenas conoce a Zoraya. Se han sentado juntos para contar dos historias distintas que, en realidad, son la misma. En una entrevista a Europa Press, ella rompe a llorar mientras habla de una de sus hijas.
Él busca un pañuelo y se lo acerca sin decir una palabra. En ese gesto silencioso caben el miedo, la incertidumbre y también la esperanza con la que ambos afrontan los últimos días del proceso extraordinario de regularización. En medio de la incertidumbre que aún rodea a buena parte de su familia, Zoraya recibió con alivio la noticia de que sus padres y hermanas, que residen en el municipio venezolano de Barquisimeto, se encuentran bien tras el terremoto que sacudió recientemente Venezuela, aunque reconoce que cada suceso de este tipo reaviva la preocupación por quienes permanecen al otro lado del océano.
Los detalles
Este martes concluye el plazo para presentar las solicitudes del proceso extraordinario de regularización impulsado por el Gobierno. Para miles de migrantes supone el cierre de un trámite administrativo; para Zoraya Puentes y Javier Andrés Tobón Carvajal puede significar mucho más, el comienzo de una nueva vida, la posibilidad de dejar de vivir en pausa. Sus historias terminan encontrándose en el mismo lugar.
Ambos abandonaron sus países huyendo de la violencia y las extorsiones, ambos atravesaron meses de incertidumbre y ambos esperan ahora una resolución que les permita empezar de nuevo. ZORAYA, LA HISTORIA MÁS EMOTIVA"Yo no quiero vivir de ayudas. Llevo treinta años trabajando y quiero seguir haciéndolo".
La frase sale de Zoraya Puentes casi entre lágrimas. Tiene 48 años, nació en Venezuela y hace apenas unos meses que llegó a España después de un largo recorrido marcado por el miedo. Su historia comenzó mucho antes de cruzar el Atlántico.
Qué dicen los expertos
En 2017 abandonó Venezuela y reconstruyó su vida en Guayaquil (Ecuador), donde consiguió levantar una barbería. Durante seis años volvió a sentirse segura. Hasta que supuestas mafias empezaron a exigirle dinero para permitirle seguir trabajando.
Las amenazas dejaron de ser una posibilidad para convertirse en una rutina. Mensajes en el teléfono describiendo dónde vivía, dónde trabajaba y los movimientos de su hija terminaron por convencerla de que quedarse suponía poner su vida en peligro. Vendió prácticamente todo lo que tenía y llegó a España el pasado diciembre con una maleta cargada de incertidumbre.
Desde entonces ha descubierto que empezar de cero es mucho más difícil de lo que imaginaba. Ha trabajado sin contrato, ha sufrido situaciones de explotación laboral y ha comprobado que, sin documentación, incluso demostrar una larga trayectoria profesional resulta insuficiente. Lo que más le duele, sin embargo, no está relacionado con el trabajo.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





