
Fino, mercurial y dorado: 60 años de ‘Blonde on Blonde’, el álbum doble de Bob Dylan que cambió la historia del rock
La publicación de Blonde on Blonde, en junio de 1966, cerró una trilogía de discos de rock que transformó para siempre la escritura de canciones populares y convirtió al álbum como territorio de exploración artística de...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. La publicación de Blonde on Blonde, en junio de 1966, cerró una trilogía de discos de rock que transformó para siempre la escritura de canciones populares y convirtió al álbum como territorio de exploración artística de largo aliento. Sesenta años después de su aparición, el séptimo disco de estudio de Bob Dylan sigue siendo objeto de estudio, debate y escucha atenta: una obra que nació del fracaso creativo en unos estudios de Nueva York, encontró su química en Nashville -la Ciudad de la Música, capital country- y terminó por redefinir los límites de lo que una canción de rock podía decir y cómo podía sonar. El camino hacia ese disco no fue lineal.
Entre octubre de 1965 y enero de 1966, Dylan y The Hawks —la banda canadiense que poco después se haría conocida como The Band— se encerraron en los estudios de Columbia Records en la Séptima Avenida de Manhattan para grabar el sucesor del mercurial Highway 61 Revisited. Las sesiones se multiplicaron, los músicos alternaban tomas con largas esperas, y el resultado fue casi nulo: de aquellas decenas de horas de trabajo, solo una canción llegó al álbum definitivo. “One of Us Must Know (Sooner or Later)” requirió veinticuatro tomas antes de que Dylan aprobara una versión.
Los detalles
“Yo estaba realmente deprimido”, le confió más tarde al biógrafo Robert Shelton. La salida del atolladero llegó de la mano del productor Bob Johnston. Durante las difíciles sesiones de Highway 61 Revisited, Johnston había presentado a Dylan al multiinstrumentista Charlie McCoy, músico de Nashville que había tocado con todo el mundo, desde Elvis Presley hasta Perry Como.
Tras esa primera colaboración, Johnston sugirió trasladar las grabaciones a Tennessee. El mánager Albert Grossman, se opuso: su artista era la encarnación del hipsterismo neoyorquino, y Nashville era la capital del country, un universo percibido como conservador y ajeno a los experimentos del rock. Dylan ignoró la resistencia y aceptó.
Bob Dylan viajó a Nashville en febrero de 1966 acompañado por el tecladista Al Kooper y por el guitarrista Robbie Robertson, el único miembro de The Hawks que participó en las sesiones del álbum. En los estudios de Columbia en Music Row los esperaba un grupo de músicos de sesión de primer nivel: eran instrumentistas habituados al circuito profesional del country y del rhythm and blues sureño, pero apenas conocían al tal Dylan y poco sabían de su música. “ era el quintaesencial hipster neoyorquino.
Qué dicen los expertos
¿Qué hacía en Nashville? No tenía ningún sentido. Pero tomas esos dos elementos, los viertes en un tubo de ensayo y simplemente explotan”, recordó Kooper en declaraciones recogidas para un estudio crítico sobre el álbum.
El periodista musical Daryl Sanders, autor del libro That Thin Wild Mercury Sound: Dylan, Nashville, and the Making of Blonde on Blonde, (Ese sonido salvaje y agudo como el mercurio: Dylan, Nashville y la creación de Blonde on Blondear) argumenta que la reacción química fue posible porque los músicos de Nashville y Dylan compartían las mismas raíces: el blues, el rock and roll de Chuck Berry y Little Richard, las frecuencias de la emisora de R&B WLAC que atravesaban el sur de Estados Unidos en los años cincuenta. Eran de mundos distintos, pero escuchaban la misma música. El grueso del álbum se grabó en dos bloques de sesiones: del 14 al 17 de febrero y del 8 al 10 de marzo de 1966, según reconstruyen el especialista Michael Krogsgaard y otros investigadores de los que abundan sobre el archivo discográfico del premio Nobel de Literatura.
Entre ambos bloques, Dylan continuó su gira con The Hawks por ciudades como Ottawa, Montreal y Filadelfia, lo que implicaba alternar de manera vertiginosa la intensidad del directo con el trabajo de estudio. El historiador Sean Wilentz señala que la última sesión, en la noche del 9 al 10 de marzo, produjo seis canciones en trece horas de trabajo. Las grabaciones se realizaron en cinta de cuatro pistas, una configuración que favorecía la estética de conjunto y la captura de interpretaciones colectivas vivas, con menos espacio para sobregrabraciones.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





