
La intrigante historia del “vampiro de la ventana”: el asesino en serie que nació en Tucumán, imitaba a Drácula y nunca existió
Hace casi diez años, una editorial me propuso presentar un proyecto para escribir un libro de crónicas sobre asesinos seriales argentinos. Si bien nuestro país no tiene una cantera tan grande de cultores de ese deporte...
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Surgen avances clave en el escenario mundial. Hace casi diez años, una editorial me propuso presentar un proyecto para escribir un libro de crónicas sobre asesinos seriales argentinos. Si bien nuestro país no tiene una cantera tan grande de cultores de ese deporte criminal como, por ejemplo, Estados Unidos, cuyos anales registran figuras como John Wayne Gacy, más conocido como “Pogo el payaso”, el “Asesino de las colegialas” Ed Kemper, o Jeffrey Dahmer, “el Caníbal de Milwaukee”, la lista local tampoco es corta. Ante la propuesta y haciendo solo uso de la memoria, de inmediato recordé los nombres y los crímenes de Carlos Eduardo Robledo Puch, Mateo Banks, “Mate 8”; Cayetano Santos Godino, “El Petiso Orejudo”; Raúl Aníbal González Higonet, “El Loco del Martillo”; o “La envenenadora de Monserrat”, María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano, “Yiya” para sus amigas y sus víctimas.
Sin embargo, cuando empecé a investigar para sumar otros candidatos e incluirlos en el libro, me topé con un nombre que empalidecía a los de todos los anteriores, mucho más famosos que él. Encontré decenas de crónicas periodísticas que relataban los crímenes de Florencio Roque Fernández, a quien los medios llamaban “El Vampiro de la ventana”, un tipo a quien la suma víctimas ponía al tope del ranking de los asesinos seriales de la Argentina. Porque según esas publicaciones –muchas de ellas en medios nacionales-, a lo largo de siete años, entre 1953 y 1960, Fernández, habría asesinado a quince mujeres en la localidad de Monteros, a unos 50 kilómetros de San Miguel de Tucumán.
Los detalles
Y lo habría hecho con un modus operandi tan particular como escabroso. Según esas crónicas, el Vampiro mataba solamente mordiendo el cuello de sus víctimas hasta causarles la muerte y seguía haciéndolo cuando ya estaban difuntas. Las historias coincidían en que Fernández fue capturado cuando estaba por concretar su crimen número dieciséis.
Fue el 14 de febrero de 1960 y en el momento en que fue sorprendido por los policías, no opuso resistencia. También aseguraban que fue juzgado y declarado inimputable, por lo que fue internado en un instituto psiquiátrico, donde vivió ocho años hasta que murió en 1968. Intrigado y seducido por la historia, decidí investigar un poco más porque, de concretarse el libro, la historia del “Vampiro de la Ventana” debía ocupar el primero de los capítulos, que estarían ordenadas según el número de víctimas de cada uno de los criminales.
Llamé entonces a dos periodistas tucumanos y también consulté a varios vecinos de Monteros, el escenario de los asesinatos de Fernández y el resultado fue muy diferente al que esperaba: en lugar de descubrir la historia del mayor asesino en serie del país me topé con la fake news más grande de la historia policial de la Argentina. El pibe que amaba a DráculaFlorencio Roque Fernández nació en 1935 en un barrio pobre de las afueras de la localidad tucumana de Monteros. Las crónicas dan cuenta que, de chico, ya presentaba desórdenes de comportamiento y problemas mentales, aunque también aseguran que parecía inofensivo.
Qué dicen los expertos
En ese pueblo, también quedó constancia de que los vecinos lo señalaban como un ladronzuelo de poca monta, que en la adolescencia acompañaba a sus hermanos en incursiones a casas donde, aprovechando la ausencia de sus habitantes, se apropiaban de lo ajeno. Entraban, claro, por las ventanas. En una de esas crónicas, publicada por La Nación en 2019, se resume así su infancia: “De niño, Fernández fue diagnosticado con una psicopatía que nunca fue tratada y que, con el correr de los años, se transformó en una severa esquizofrenia.
Abandonado por su familia y obligado a vivir solo en la calle, mendigó, rapiñó y durmió a la intemperie, padeciendo el hostigamiento de quienes lo veían como ‘un loquito suelto’”. En la nota no hay un solo verbo incondicional, toda la historia se relata como cierta. El niño Florencio Fernández nunca aprendió a leer, por lo que es imposible que haya incursionado en las páginas de Drácula, la novela de Bram Stoker, pero cuando podía juntar unas monedas –siempre según las crónicas– iba al cine del pueblo y allí, una tarde, vio embelesado la película dirigida por Tod Browning, protagonizada por Bela Lugosi.
Tanto le habría impactado la historia del conde de Transilvania que se propuso trasladar la historia de los montes Cárpatos a la precordillera tucumana. Más concretamente a su Monteros natal. Fernández quiso ser el protagonista.
El desarrollo ha despertado una amplia atención internacional, con los círculos diplomáticos siguiéndolo de cerca.





